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Guía Rumanía

Tres principados

Valaquia, Moldavia y Transilvania: tres países, tres destinos, y los cuarenta y dos días en que casi fueron uno.

⏱ 7 min de lectura 🔄 Actualizado 2026-04-29

Cuando la niebla de las invasiones medievales se levanta, en el mapa de la futura Rumanía hay tres países, no uno. Cada uno con sus voivodas, sus enemigos y su arquitectura. Cuatrocientos años más tarde, ese pasado fragmentado seguirá explicándolo todo.

Mil años de transición

Entre el abandono romano del 271 y la aparición de los principados medievales pasan mil años de los que se sabe asombrosamente poco. Por encima del territorio rumano se suceden godos, hunos, gépidos, ávaros, eslavos, búlgaros, magiares, pechenegos, cumanos y mongoles. Cada oleada deja huellas — toponimia, vocabulario, técnicas — pero ninguna construye un Estado duradero al norte del Danubio. La población latinizada se repliega a las montañas, donde el modelo económico dominante es la trashumancia. Cuando los documentos vuelven a hablar del territorio, en el siglo XIII, los habitantes ya no son llamados dacios ni romanos: son vlachi (valacos), un nombre que las crónicas medievales aplican a los pastores de habla romance dispersos por todos los Balcanes.

La Edad Media: tres principados y tres enemigos

En el XIV, cuando esa niebla empieza a despejarse, en el mapa aparecen tres entidades políticas distintas que marcarán la historia de Rumanía durante los 500 años siguientes:

Valaquia

desde 1330

El principado del sur, fundado por el voivoda Basarab I tras la batalla de Posada (1330) contra el rey húngaro Carlos I de Anjou — la fecha que marca la independencia de facto. Capital primero en Curtea de Argeș y después en Târgoviște. Abierto a la llanura del Danubio, en contacto directo con los Balcanes otomanos. Sus voivodas oscilaron entre vasallaje a Hungría, a Polonia o al sultán, según las circunstancias. Aquí gobernaron Mircea el Viejo (1386-1418), que extendió el principado hasta el mar Negro, y Vlad III Țepeș (1448, 1456-1462, 1476), el Empalador, cuya política de terror contra los otomanos fue real y efectiva, y cuyo mito — el Drácula de Stoker — es victoriano e irlandés. La trágica figura de Constantin Brâncoveanu (1688-1714), príncipe culto y constructor del estilo arquitectónico que lleva su nombre, fue ejecutado en Estambul junto con sus cuatro hijos por negarse a abjurar de la fe ortodoxa.

Moldavia

desde 1346

El principado del noreste, con capitales sucesivas en Siret, Suceava y Iași. Fundado por Dragoș, un voivoda llegado desde Maramureș, y consolidado por Bogdan I, que rompió con la corona húngara hacia 1359. Más orientado hacia Polonia y Kiev que hacia los Balcanes. Su figura cenital es Esteban el Grande (1457-1504), que venció a los otomanos en Vaslui (1475) — la batalla por la que el papa Sixto IV lo llamó "atleta de Cristo" — y que dejó como legado los primeros monasterios fortificados de Bucovina, construidos para celebrar cada victoria con una iglesia. Treinta y cuatro de sus cuarenta y seis batallas las ganó. Después de él, Moldavia entra en la órbita otomana, pero conserva un Estado, una lengua de cancillería en eslavón eclesiástico y una alta cultura monástica que producirá los frescos exteriores únicos en el cristianismo oriental.

Transilvania

siglo XII – 1918

Región sobre el altiplano encerrado por los Cárpatos, bajo soberanía húngara desde el siglo XII y poblada mediante colonización planificada. Los reyes húngaros trajeron sajones (alemanes del Sajonía-Luxemburgo-Mosela) para defender las fronteras y desarrollar las ciudades, y székelys (húngaros fronterizos) para guarnecer el este. El sistema legal articulaba tres "naciones" privilegiadas — magiares, sajones y székelys — con derechos políticos. Los rumanos, mayoría demográfica, quedaron fuera: agricultores siervos sin representación. Esa exclusión durará hasta 1918 y será el combustible del nacionalismo rumano en el XIX. Tras la batalla de Mohács (1526) y la caída de Hungría ante los otomanos, Transilvania se convierte en principado autónomo bajo soberanía turca; tras la paz de Karlowitz (1699) pasa al Imperio Habsburgo.

Durante cuatrocientos años, estos tres principados viven separados y con destinos distintos. Valaquia y Moldavia pagan tributo al sultán pero conservan autonomía interna (son, técnicamente, vasallos, no provincias): su Iglesia ortodoxa, sus voivodas elegidos por los boyardos, sus leyes consuetudinarias. Transilvania es primero parte del reino de Hungría, después principado autónomo bajo los Báthory y, desde 1699, una de las “tierras de la corona” del Imperio Habsburgo, donde el nuevo amo católico choca con la mayoría ortodoxa rumana y la fuerza al uniatismo (la creación de una Iglesia greco-católica en 1697-1701, que reconoce al Papa pero conserva el rito bizantino).

Cada principado desarrolla su propia arquitectura, su propia vida política, sus propias élites. Eso es lo que explica que hoy Brașov se parezca a Núremberg, Iași a Kiev y Bucarest a ninguna de las dos. Y eso es lo que el viajero atento percibe sin necesidad de saber historia: los tejados sajones de Sibiu, las cúpulas bulbosas moldavas de Suceava y los edificios haussmanianos del centro de Bucarest cuentan, sin palabras, tres trayectorias distintas.

Miguel el Valiente: la unión de cuarenta y dos días

En 1600, un voivoda valaco llamado Miguel (Mihai Viteazul) consigue por primera — y durante siglos última — vez unificar bajo un mismo mando los tres principados. Entra en Alba Iulia, capital de Transilvania, con el apoyo oportunista de sus rivales habituales y la bendición ambigua del emperador Habsburgo Rodolfo II, y por cuarenta y dos días es gobernante de Valaquia, Moldavia y Transilvania. Una coalición polaco-húngara, alarmada por su autonomía creciente, lo asesina en 1601 a manos del general austriaco Giorgio Basta.

Cuarenta y dos días que en el siglo XIX se convertirán en el mito fundacional de la unidad nacional.

La historia real es más complicada que el relato nacionalista: Miguel no pretendía “unir a los rumanos” — un concepto que no existía en su tiempo —, pretendía construir un dominio personal aprovechando la debilidad otomana, el caos habsburgo y la distracción polaca. Sus ejércitos eran mercenarios mixtos: serbios, búlgaros, valacos, cosacos. Pero el relato romántico decimonónico lo convirtió en el primer unificador, y la ciudad de Alba Iulia — donde entró en 1600 — se convertirá por ese motivo en el escenario elegido en 1918 para proclamar la Gran Rumanía. Lo simbólico se construye así: por superposición de fechas que un historiador serio no aceptaría como coincidencia, pero que un Estado en formación necesita para tener épica.

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