Guerras y Holocausto
Brâncuși, la Guardia de Hierro, el Holocausto rumano y el cambio de bando del rey Miguel en 1944.
Una de las escenas culturales más brillantes de Europa — Brâncuși, Enescu, Eliade, Cioran — y, simultáneamente, una derecha mística capaz de matar. Rumanía entreguerras es la cara y la cruz al mismo tiempo.
La Rumanía de entreguerras: brillo y fractura
En el papel, la Rumanía de los años veinte y treinta es un país europeo moderno: parlamento bicameral, constitución democrática (1923), universidades, una prensa diversa. La Gran Rumanía duplicó el territorio en 1918 — Transilvania, Bucovina, Besarabia, Banato — pero también añadió a la población millones de húngaros, alemanes, ucranianos, judíos y otros que no habían pedido serlo. Un tercio del país pertenece a minorías. Bucarest gana el apodo de “pequeño París” — bulevares, cafés, escena teatral — y exporta una generación intelectual que dominará Europa.
La nómina es desproporcionada: Constantin Brâncuși reinventa la escultura moderna desde París con piezas como La columna sin fin; George Enescu dirige y compone con ascendencia mundial; Eugène Ionesco, nacido en Slatina y educado entre Bucarest y Francia, fundará el teatro del absurdo con La cantante calva; Mircea Eliade dará a la historia de las religiones un giro fenomenológico desde la Universidad de Chicago; Emil Cioran escribirá en francés algunos de los aforismos más despiadados del siglo XX. La rara densidad creativa de esos años no se ha repetido — y no es casual que casi todos los nombres terminen escribiendo desde el exilio.
La Guardia de Hierro
Bajo ese brillo hay una fractura profunda. El campesinado mayoritario vive en condiciones casi feudales pese a las reformas. El antisemitismo es endémico: una corriente intelectual entera, desde A. C. Cuza a Nichifor Crainic, articula un nacionalismo “ortodoxo y rural” que ve en los judíos — el 4% del país, pero sobrerrepresentados en comercio y profesiones liberales — al enemigo culturalmente extranjero.
En 1927, Corneliu Zelea Codreanu funda la Legión del Arcángel Miguel, conocida después como Garda de Fier, la Guardia de Hierro. No es un fascismo derivado del italiano: es un fenómeno específicamente rumano que combina misticismo cristiano ortodoxo, culto a la muerte voluntaria por la patria, antisemitismo bíblico y enseñanza esotérica. Sus militantes — entre los que se cuentan algunos de los grandes intelectuales jóvenes del país, incluido el joven Eliade — vestían camisas verdes y rezaban antes de cada acción. Asesinaron primarios ministros (I. G. Duca en 1933, Armand Călinescu en 1939) y arrastraron al país hacia la radicalización.
El rey Carol II — vuelto del exilio en 1930 — establece en 1938 una dictadura real para frenarla. Ordena el asesinato de Codreanu en noviembre de ese año (estrangulado en una furgoneta y enterrado bajo cemento, oficialmente “tiroteado al intentar escapar”). Pero la represión no destruye la organización; solo la radicaliza más.
La pérdida de territorios y Antonescu
En el verano de 1940, todo el sistema se derrumba. La Unión Soviética, en aplicación del pacto Mólotov-Ribbentrop, anexiona Besarabia y el norte de Bucovina. Hungría, con respaldo alemán e italiano, recibe el norte de Transilvania por el segundo Arbitraje de Viena. Bulgaria recupera el sur de Dobruja. En cuestión de semanas, la Gran Rumanía pierde un tercio de su territorio sin disparar un tiro. Carol II abdica el 6 de septiembre de 1940 y deja el trono a su hijo Miguel (Mihai), un joven de 18 años. El poder real lo asume el general Ion Antonescu, militar prestigioso, primero como primer ministro y luego como Conducător.
Antonescu gobierna inicialmente con la Guardia de Hierro como socio menor, pero la rebelión legionaria de enero de 1941 — que incluye un pogromo contra la comunidad judía de Bucarest con 125 muertos, algunos torturados en mataderos — es aplastada por el ejército. La Guardia desaparece del poder; muchos de sus líderes huyen a Berlín. Antonescu queda como dictador militar único.
La guerra y el Holocausto
En junio de 1941, Rumanía entra en guerra contra la URSS junto con la Wehrmacht. Recupera Besarabia y avanza hasta Odesa, ocupando la región entre el Dniéster y el Bug a la que llamará Transnistria. Allí, el régimen de Antonescu organiza por su cuenta la deportación y exterminio sistemático de los judíos de Besarabia, Bucovina y Transnistria. Las cifras son las que son: aproximadamente 280.000 judíos rumanos y 11.000 gitanos asesinados, la mitad en campos administrados por el propio régimen rumano (Bogdanovka, Domanevka, Acmecetca). Otros pogromos — el de Iași en junio de 1941, con al menos 13.000 muertos en pocos días — quedaron documentados sin ambigüedad. Es el Holocausto al margen de Auschwitz. La cifra coloca a Rumanía como segundo país por número de judíos asesinados por su propio régimen, después de Alemania.
Hubo, paradójicamente, judíos rumanos que sobrevivieron precisamente porque Antonescu, a partir de 1942 y viendo el giro de la guerra, frenó las deportaciones a los campos alemanes. Los judíos del Reino Antiguo — Valaquia y Moldavia occidental — no fueron deportados a Auschwitz, aunque sufrieron expropiaciones, trabajo forzado y violencia constante. Ninguna de esas decisiones tardías compensa la responsabilidad de los crímenes de 1941-1942.
El golpe del rey Miguel
El verano de 1944 marca el punto de inflexión. Con el Ejército Rojo en la frontera oriental y el frente alemán colapsando, el rey Miguel I — todavía formalmente el jefe de Estado — se prepara, junto a oficiales del ejército, los partidos democráticos clandestinos y los comunistas, para una operación arriesgada. El 23 de agosto de 1944, Miguel convoca a Antonescu al palacio real, lo arresta personalmente y lo encierra en la caja fuerte del palacio. Anuncia por radio el cambio de bando.
El golpe acelera el final de la guerra: los alemanes pierden de un día para otro a su aliado más sólido en el flanco oriental, Rumanía pasa a combatir a su lado contra la Wehrmacht en Transilvania, Hungría y Checoslovaquia, y se calcula que la operación adelantó el final de la guerra al menos seis meses. Miguel I — único monarca europeo que arrestó a su propio dictador — recibirá tras la guerra la Orden de la Victoria soviética. Tres años después, Stalin lo destronará.