Dacia y Roma
Decébalo, la conquista de Trajano y la única lengua románica que sobrevivió mil años sin Estado.
La historia de Rumanía no empieza con Rumanía. Empieza con un reino tracio al norte del Danubio que tuvo que ser conquistado dos veces por Roma — y con una lengua que decidió no morir cuando Roma se fue.
Antes de Roma: el reino dacio
El territorio que hoy es Rumanía estuvo habitado durante el primer milenio antes de Cristo por pueblos tracios — emparentados culturalmente con los del sur del Danubio, pero divididos en innumerables tribus. Los que quedaron al norte del río acabaron conociéndose como getas (en las fuentes griegas) o dacios (en las fuentes romanas). En el siglo I a.C., bajo el rey Burebista (82-44 a.C.), esas tribus se unifican por primera vez: surge un reino que llega desde Bohemia hasta el mar Negro, lo bastante grande como para inquietar a Roma. César consideraba seriamente una campaña contra Burebista cuando fue asesinado en los Idus de Marzo.
El reino se fragmentó tras la muerte de Burebista, pero ciento cincuenta años después se reconstituyó con otro rey: Decébalo (87-106 d.C.). Su capital, Sarmizegetusa Regia, en lo alto de las montañas Orăștie, era una ciudadela de piedra y madera con santuarios circulares de orientación astronómica — restos hoy visibles, declarados Patrimonio de la Humanidad. Los dacios tenían escritura, acuñaban moneda propia, exportaban oro y trabajaban el hierro. Su religión, dominada por la figura semilegendaria de Zalmoxis, mezclaba inmortalidad del alma y culto al cielo. No eran un pueblo bárbaro al margen de la civilización clásica: eran una alternativa a ella.
Las dos guerras de Trajano
Domiciano había firmado con los dacios una paz humillante en el año 89, pagándoles tributo a cambio de no atravesar el Danubio. Cuando Trajano llega al trono, decide cancelarla. La primera guerra dacia (101-102) acaba en una nueva paz que Decébalo viola en cuanto Roma se distrae. La segunda (105-106) es total: dos años de campaña, un puente colosal sobre el Danubio diseñado por Apolodoro de Damasco, y la caída final de Sarmizegetusa. Decébalo se suicida cortándose el cuello para no ser capturado vivo. Toda la guerra está narrada, escena por escena, en los 155 paneles del bajorrelieve helicoidal de la Columna de Trajano en Roma — el documento gráfico más detallado de cualquier campaña militar romana.
El botín fue inmenso. El historiador Joannes Lydus, citando a Critón (médico personal de Trajano), habla de 165 toneladas de oro y 331 de plata, cifras probablemente exageradas pero indicativas: Trajano financió con la riqueza dacia los Foros y mercados que llevan su nombre en Roma, y celebró 123 días seguidos de juegos públicos. Dacia se convirtió en provincia romana — la última gran adquisición del Imperio — y se llenó de colonos llegados de todas partes: del Mediterráneo, del norte de África, de Asia Menor. El nombre que les daban en las inscripciones es elocuente: ex toto orbe Romano, “de todo el mundo romano”.
La latinización y el abandono
La provincia duró 165 años. Tan corta como un parpadeo en términos imperiales — y sin embargo suficiente para cambiar la lengua del país de forma definitiva. La explicación es densidad: la colonización fue intensa (aunque las fuentes romanas exageran al hablar de “exterminio” dacio), las minas del oeste de Transilvania emplearon a miles de mineros importados, y la red de calzadas integró el territorio en el sistema imperial.
En el año 271, con el Imperio acosado por los godos, Aureliano abandonó Dacia. Ordenó la retirada de las legiones y del aparato administrativo al sur del Danubio. Pero la población rural — campesinos, pastores, mineros — no se movió. La hipótesis dominante en la historiografía rumana, conocida como la “continuidad daco-romana”, sostiene que esa población mantuvo viva la lengua latina durante los siglos siguientes, aislada en valles y montañas. La hipótesis alternativa, defendida principalmente por la historiografía húngara, propone que el rumano nació en realidad al sur del Danubio y volvió al norte solo en la Edad Media. La discusión es vieja, ideológica y, por la naturaleza del registro arqueológico, irresoluble.
Lo verificable es lo siguiente: cuando los godos, hunos, ávaros, búlgaros y eslavos pasaron por encima del territorio durante mil años, la lengua latina sobrevivió — rural, hablada por pastores, sin prestigio, sin Estado, sin Iglesia latina. Todos los pueblos vecinos acabaron hablando eslavo, griego o magiar. Los rumanos no. Cuando en el siglo XIX los intelectuales nacionalistas empiezan a construir el relato de Rumanía, es sobre esa herencia doble — dacia y romana — sobre la que se apoyan. De ahí el nombre mismo: român, romano. Y de ahí que la columna de Trajano siga siendo, dieciocho siglos después, el monumento fundacional de un país que no existía cuando se levantó.