Cefalonia: la isla grande que no tiene prisa
Cefalonia es la isla jónica más grande y la que tiene el perfil de turismo más pausado: vino Robola, la playa de Myrtos vista desde arriba, el lago subterráneo de Melissani.
El lago Melissani se descubrió accidentalmente en 1951, cuando un techo kárstico que lo cubría se hundió parcialmente y dejó una abertura al cielo. Debajo del agujero, en la oscuridad de la cueva, había un lago de agua turquesa con una transparencia de varios metros. Lo que no estaba claro en ese momento era por qué el agua de un lago interior en una isla del Mediterráneo era de una limpieza espectacular y tenía una ligera salinidad. La respuesta llegó con la investigación geológica posterior: el agua del mar entra al sistema kárstico subterráneo de Cefalonia por la costa oeste de la isla, recorre varios kilómetros bajo tierra, y emerge en el lago Melissani. El trayecto dura unos catorce días.
Esta anomalía geológica resume bastante bien lo que hace especial a Cefalonia entre las islas Jónicas: hay más de lo que se ve a primera vista, y entenderlo requiere algo de esfuerzo y de curiosidad.
La isla más grande y menos urgente
Cefalonia —también escrita Kefalonia, que es la transliteración del griego— tiene 781 kilómetros cuadrados y es la isla más grande de las Jónicas. Por extensión supera a Zante, a Corfú y a Ítaca, aunque tiene menos habitantes que Corfú. El territorio es montañoso —el monte Ainos, en el centro, alcanza los 1.628 metros— y la costa está fragmentada en penínsulas y entrantes que hacen que los trayectos en coche sean más largos de lo que sugiere el mapa.
Este carácter geográfico determina el tipo de turismo que Cefalonia tiene. No hay ningún núcleo que concentre toda la actividad: la capital, Argostoli, está en el oeste; las mejores playas están en el norte y el oeste; el interior vinícola está en la ladera del Ainos; las playas más tranquilas están en el este y el sur. Para aprovechar la isla bien hay que elegir una base y moverse en coche. Esto filtra naturalmente un tipo de turista que no busca el destino de animación nocturna ni la playa de hamacas masificada.
Myrtos: la vista y la realidad
La playa de Myrtos es la más fotografiada de las islas Jónicas y una de las más fotografiadas de Grecia. El ángulo que se usa en casi todas las fotos —desde el mirador en la carretera de la cumbre, mirando hacia abajo sobre la curva de arena blanca entre acantilados de trescientos metros de altura y el agua en gradaciones de azul y turquesa— es genuinamente uno de los mejores paisajes del Mediterráneo.
Lo que conviene saber antes de bajar a la playa: Myrtos está orientada al norte y tiene oleaje casi constante. El agua no es especialmente tranquila para nadar con niños pequeños. Las piedras y el guijarro son grandes y no hay sombra natural —solo sombrillas de alquiler. En julio y agosto los aparcamientos están llenos antes de las diez de la mañana y hay que dejar el coche en la cuneta de la carretera y bajar a pie. Nada de esto la hace mala playa: el agua es extraordinaria y el paisaje desde abajo sigue siendo espectacular. Pero la diferencia entre la foto del mirador y la experiencia de estar en la playa es suficientemente grande para que valga la pena mencionarla.
El mirador de Myrtos, a unos kilómetros antes del desvío a la playa subiendo desde Agios Kirikis, es donde la imagen clásica existe. Hay un pequeño aparcamiento y una terraza. A las ocho de la mañana está vacío. A las once tiene fila para las fotos.
Vino Robola y el monte Ainos
El vino más representativo de Cefalonia es el Robola, un blanco elaborado con la uva autóctona del mismo nombre que crece en las laderas del monte Ainos entre 400 y 800 metros de altitud. El Robola tiene una acidez viva, notas cítricas y minerales, y una textura ligera que lo hace ideal para el pescado y el marisco de las tabernas locales. La Cooperativa de Vinos Robola, con sede en el pueblo de Fragata, produce el más conocido. Las bodegas familiares en los pueblos de las laderas —Travliata, Peratata— ofrecen vinos que no llegan a los lineales de fuera de la isla.
El monte Ainos tiene el único bosque de abeto griego del mundo: el Abies cephalonica, especie nombrada en honor a la isla, crece en las laderas superiores de la montaña y crea un paisaje completamente diferente al de la costa. El parque nacional del Ainos es accesible por carretera, aunque la cima requiere una caminata de unos dos kilómetros desde el final del asfalto. En días claros, la vista desde arriba abarca las islas Jónicas, el Peloponeso y el golfo de Patras.
Argostoli y el fenómeno de las mareas
La capital de Cefalonia tiene una particularidad que sorprende a quien llega sin saberlo: los molinos de marea de los Katavothres. En el extremo norte del lago de Argostoli —una laguna interior conectada al mar— hay unas pequeñas cataratas donde el agua del mar entra al sistema kárstico de la isla. El fenómeno fue documentado por los científicos del siglo XIX pero su explicación completa llegó en los años sesenta, cuando se inyectó colorante en las katavothres y el mismo colorante apareció, catorce días después, en el lago Melissani. El agua del mar entra por el oeste de la isla y emerge, purificada y ligeramente desalinizada, en el este.
El puente de Drapanos cruza la laguna y fue construido por los británicos durante el protectorado de las islas Jónicas: es el puente más largo de Grecia en la época de su construcción, en 1813. Todavía está en uso, aunque la circulación se limita a un carril.
El terremoto de 1953 destruyó el 80% de los edificios de Cefalonia. La Argostoli que se ve hoy es una reconstrucción casi completa, ejecutada con mayor o menor elegancia según el barrio y la época. No tiene la personalidad acumulada de siglos que tiene Corfú, pero funciona como ciudad: mercado, cafeterías en la plaza Vallianou, tabernas en el puerto. La vida local no está construida para el turismo.
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