La isla de Rodas en coche: la ruta que la mayoría no hace
La ciudad vieja de Rodas atrae a todos. El interior de la isla —los pueblos medievales de Lindos, Monolithos y Embonas, los valles de mariposas, la fortaleza de Feraklos— lo visitan pocos.
Rodas mide ochenta kilómetros de largo y cuarenta de ancho. En términos griegos, eso es enorme: muchas islas del Egeo caben enteras en su extensión. Y sin embargo, la gran mayoría de los turistas que llegan a Rodas pasan todo el tiempo entre la ciudad vieja —que merece esa atención— y los complejos hoteleros de la costa este entre Faliraki e Ixia, que no merecen ninguna. El interior de la isla, los pueblos medievales del centro, la costa oeste rugosa y menos desarrollada: todo eso queda para los que tienen coche y curiosidad.
El alquiler de coche en Rodas ciudad cuesta entre 25 y 45 euros por día según la temporada, y cambia completamente lo que es posible hacer. No es un lujo: es la diferencia entre una isla y media isla.
La ruta de la costa este y Lindos
La carretera que baja por la costa este desde la ciudad de Rodas hasta el cabo Prasonisi en el extremo sur es la más desarrollada turísticamente. Los complejos de todo incluido se concentran entre los kilómetros diez y cuarenta, y el paisaje es correcto pero no extraordinario. Lo que vale la pena en este corredor es Lindos, a cuarenta y siete kilómetros de la ciudad.
Lindos tiene dos capas visibles desde la carretera: el pueblo blanco, con sus casas encaladas que suben por la ladera, y la acrópolis en lo alto del acantilado, rodeada de murallas medievales. El pueblo es genuinamente bonito —las calles empedradas, los patios con mosaicos de guijarros blancos y negros, las tiendas que no son peores que en otros pueblos turísticos del Egeo— pero en julio y agosto recibe diariamente los autobuses de los cruceros que fondean frente al pueblo y el tránsito a pie se convierte en algo próximo a lo insoportable.
La solución es llegar antes de las nueve de la mañana o después de las cinco de la tarde, cuando los cruceristas han regresado a sus barcos y el pueblo recupera una escala humana. La acrópolis, con su templo dórico del siglo III a.C. y las murallas de los Caballeros del siglo XIV, tiene desde lo alto una vista sobre la bahía doble de Lindos —una de las pocas bahías naturales de la isla— que es la mejor de Rodas después de la ciudad vieja.
El interior: mariposas, vino y alturas
Desde Lindos, en lugar de volver por la costa, la ruta interesante cruza el interior hacia el oeste. La carretera que sube hacia Laerma y luego hacia Siana y Monolithos pasa por un paisaje completamente distinto al de la costa: pinos, colinas, pueblos de piedra con apenas unos cientos de habitantes.
El valle de las mariposas, Petaloudes, queda en el norte del interior, a unos veinticinco kilómetros de la ciudad. Técnicamente lo que se ve no son mariposas sino polillas: la especie Panaxia quadripunctaria, que en julio y agosto se concentra en este barranco verde y húmedo en números que van de decenas de miles a varios centenares de miles de individuos. Los ejemplares descansan con las alas cerradas sobre las rocas y los árboles, camuflados con sus manchas marrones; cuando se levantan al vuelo muestran un destello de color rojo intenso. El barranco tiene un sendero de madera de unos dos kilómetros. La visita tiene una regla: no hacer ruido, no agitar los arbustos, no obligar a volar a los insectos, que consumen toda su reserva energética en el vuelo y no se alimentan durante esta fase de su ciclo.
Embonas, el pueblo vitícola de la montaña en las laderas del monte Attavyros (el punto más alto de Rodas, 1.215 metros), es el mejor lugar de la isla para entender que Rodas tiene una cultura agrícola e interior que no tiene nada que ver con el turismo de playa. La bodega CAIR produce el Cava Rodas y otros vinos que se exportan; la bodega familiar Emery, más pequeña y más antigua, tiene vinos que solo se encuentran en la isla. En agosto, las terrazas del pueblo tienen el ambiente de un lugar que no ha decidido orientarse al turismo, lo cual es exactamente su atractivo.
Monolithos y el extremo suroeste
El castillo de Monolithos está en el extremo suroeste de la isla, a ochenta kilómetros de la ciudad de Rodas. Se alza sobre una roca de 236 metros de altura en perpendicular sobre el mar. Los Caballeros de San Juan lo construyeron en 1476 sobre una roca que ya tenía un significado defensivo previo. Hoy solo quedan las murallas del recinto y una capilla pequeña en el interior, pero el ascenso por la escalera tallada en la roca y la vista sobre el mar en tres direcciones justifican completamente la distancia desde la ciudad.
La costa oeste de Rodas, menos visitada que la este, tiene playas más expuestas al viento y con oleaje mayor. Esto la hace menos apropiada para el turismo de hamaca, pero explica su popularidad entre los windsurfistas. Prassonisi, en el extremo sur donde la isla termina en una lengua de arena, es uno de los mejores puntos de windsurf del Mediterráneo: el viento del norte y del sur converge exactamente en ese punto, y en verano sopla con una regularidad casi industrial.
La fortaleza de Feraklos
Volviendo hacia la ciudad por la costa este, el castillo de Feraklos merece una parada en las afueras de Charaki. Es la fortaleza más al norte de la línea defensiva que los Caballeros construyeron a lo largo de la costa, y también la última que entregaron a los otomanos en 1522 —meses después de que la ciudad de Rodas ya se hubiera rendido. Hoy está en ruinas, pero las murallas en lo alto del promontorio sobre el mar tienen una escala que las hace interesantes, y el hecho de que casi nadie vaya allí —el aparcamiento tiene espacio para cinco coches y generalmente está vacío— le da una quietud que los lugares más famosos de la isla han perdido hace tiempo.
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