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Qué ver en Tashkent: la capital que nadie espera

Tashkent no es solo una escala. El metro soviético, el bazar de Chorsu, la arquitectura brutalista y una ciudad que se reinventa sin perder su identidad.

Por Far Guides ⏱ 12 min 24 de abril de 2026
Qué ver en Tashkent: la capital que nadie espera

La mayoría de los viajeros que aterrizan en Tashkent lo hacen con la cabeza ya puesta en Samarcanda. Es comprensible: las madrasas del Registán, los mosaicos de Shah-i-Zinda, la sombra alargada de Tamerlán. Tashkent, en comparación, parece una ciudad sin relato. Una capital administrativa de avenidas anchas y bloques de hormigón. Un lugar por el que pasar, no en el que quedarse.

Ese es el primer error que comete casi todo el que visita Uzbekistán. Porque Tashkent tiene un relato, solo que no es el que esperabas. No es una ciudad de la Ruta de la Seda conservada en ámbar. Es algo más interesante: una ciudad que fue destruida y reconstruida desde cero, que lleva sesenta años negociando su identidad entre el peso de la Unión Soviética y la ambición de un país joven. Y esa tensión, si sabes mirarla, está en cada esquina.

El terremoto que borró la ciudad

El 26 de abril de 1966, a las 5:23 de la madrugada, un terremoto de magnitud 5,1 sacudió Tashkent durante apenas ocho segundos. No fue un seísmo especialmente potente, pero su epicentro estaba justo debajo del centro histórico, a solo ocho kilómetros de profundidad. La ciudad vieja — de adobe, ladrillo sin reforzar y callejones estrechos — se derrumbó casi por completo. Más de 300.000 personas se quedaron sin hogar en una mañana.

Lo que ocurrió después define Tashkent hasta hoy. Moscú vio en la catástrofe una oportunidad. Cada república soviética recibió la orden de enviar brigadas de construcción. Ucranianos, rusos, georgianos, bielorrusos: decenas de miles de trabajadores llegaron para levantar una nueva ciudad. No reconstruir la antigua — construir una nueva. Una ciudad soviética modelo, planificada desde cero, con avenidas de seis carriles, parques geométricos y bloques residenciales idénticos.

La vieja Tashkent islámica, la de las madrasas y los caravasares, desapareció casi por completo. Lo que quedó se redujo a un puñado de manzanas alrededor del complejo de Hazrati Imam. El resto es la ciudad que Moscú diseñó: funcional, simétrica, monumental a su manera.

Cuando caminas hoy por las inmediaciones de la plaza Amir Timur — el epicentro simbólico de la capital — lo que ves es esa herencia directa. El Hotel Uzbekistan, con su fachada de paneles de hormigón prefabricado y su silueta que parece un libro abierto, es pura arquitectura soviética tardía. Inaugurado en 1974, fue durante décadas el edificio más alto de la ciudad. Hoy sigue ahí, ligeramente deteriorado pero imponente, como un monumento involuntario a una época que Uzbekistán no sabe muy bien si reivindicar o superar.

El metro: palacios bajo tierra

Si hay un lugar en Tashkent donde la herencia soviética alcanza algo parecido a la belleza, es el metro. Inaugurado en 1977, fue el primero de Asia Central y durante décadas estuvo prohibido fotografiarlo — las autoridades lo consideraban infraestructura militar estratégica. Esa prohibición se levantó en 2018, y desde entonces el metro de Tashkent se ha convertido en una de las visitas más inesperadas del país.

Cada estación tiene un diseño único. No son estaciones de metro: son galerías subterráneas con una ambición estética que hoy resulta casi conmovedora. Kosmonavtlar (Cosmonautas) está dedicada a la carrera espacial, con columnas de cerámica azul cobalto y medallones que representan a Gagarin y a Valentina Tereshkova. Alisher Navoi rinde homenaje al poeta nacional uzbeko con paneles decorativos que mezclan motivos islámicos con el realismo socialista. Pakhtakor celebra el algodón — el oro blanco que definió la economía uzbeka durante el período soviético — con mosaicos dorados y blancos.

El billete cuesta menos de quince céntimos de euro. Puedes recorrer las tres líneas en una mañana, bajando en cada estación para ver los vestíbulos. Es, probablemente, el monumento más barato y más sorprendente de todo Uzbekistán. Y también el más revelador: esas estaciones fueron diseñadas para demostrar que el socialismo podía ofrecer belleza pública, accesible, cotidiana. Que el arte no tenía que estar en los museos sino en los lugares por los que la gente pasa cada día camino del trabajo.

Esa idea, despojada de su carga ideológica, sigue siendo poderosa.

Chorsu: la ciudad real

Si el metro es el Tashkent soviético, el bazar de Chorsu es el Tashkent que existía antes y que, contra todo pronóstico, sigue existiendo. Es el mercado más antiguo de la capital, situado en el corazón de la ciudad vieja, bajo una enorme cúpula turquesa que se ve desde lejos.

Entrar en Chorsu es cruzar una frontera invisible. Fuera, avenidas anchas, tráfico denso, el Tashkent moderno. Dentro, otra lógica. Los puestos se organizan por gremios, como en los bazares medievales: aquí las especias, allí las carnes, más allá los frutos secos. Hay un sector entero dedicado al pan — los tandoor humeantes donde se hornean los lepyoshka, los panes redondos y densos que son la base de la alimentación uzbeka. Las señoras que los venden llevan horas allí, desde antes del amanecer.

No es un mercado para turistas. Es el lugar donde los tashkentíes compran lo que comen cada día. Y eso se nota en los precios, en el ritmo, en la ausencia casi total de souvenirs. Si quieres desayunar en Tashkent como lo hacen sus habitantes, siéntate en uno de los comedores del bazar y pide un plato de lagman — los fideos tirados a mano con caldo de cordero y verduras — o una samsa recién sacada del horno de barro. Cuesta menos de un euro y es, posiblemente, el mejor desayuno que vas a tomar en todo el viaje.

Chorsu funciona todos los días, pero el domingo por la mañana es cuando alcanza su máxima intensidad. El mercado desborda la cúpula y se extiende por las calles adyacentes. Es caótico, ruidoso, fascinante. Es el Tashkent que el terremoto de 1966 no consiguió borrar del todo.

Hazrati Imam: lo que sobrevivió

A unos quince minutos a pie del bazar, hacia el norte, está el complejo de Hazrati Imam. Es el corazón religioso de Tashkent y uno de los pocos fragmentos de la ciudad presoviética que han llegado hasta hoy, aunque muy restaurado.

El conjunto incluye la madrasa de Barak-Khan (siglo XVI), la mezquita de Tillya Sheikh y el mausoleo de Kaffal Shashi, un santo sufí del siglo X venerado en toda Asia Central. Pero lo que atrae a la mayoría de visitantes es lo que guarda la biblioteca del Instituto Islámico: el Corán de Utmán.

Se trata de uno de los manuscritos coránicos más antiguos del mundo, datado entre los siglos VII y VIII. Según la tradición, es una de las copias originales encargadas por el califa Utmán ibn Affán, el tercero de los califas bien guiados, y lleva manchas que la leyenda atribuye a su sangre — fue asesinado mientras lo leía. La historia real es más compleja: el manuscrito ha viajado por medio mundo, desde Samarcanda hasta San Petersburgo y de vuelta, y los expertos discuten su datación exacta. Pero verlo ahí, en una vitrina climatizada, en una biblioteca silenciosa de Tashkent, es uno de esos momentos en los que la historia deja de ser abstracta.

El complejo de Hazrati Imam fue renovado extensamente en los últimos años. Es más limpio y más ordenado de lo que probablemente fue nunca. Pero cumple su función: recordar que Tashkent no empezó con el hormigón soviético. Que antes de las avenidas de seis carriles había una ciudad islámica con madrasas, mausoleos y calles estrechas. Que esa ciudad fue borrada, pero no del todo.

La belleza brutal del hormigón

Hay un tipo de viajero que va a Tashkent específicamente por su arquitectura soviética. No por nostalgia, sino por interés genuino en un patrimonio que está desapareciendo a gran velocidad. Y Tashkent es, junto con Minsk y Almaty, una de las mejores ciudades del mundo para verlo.

El Teatro Navoi de Ópera y Ballet es el ejemplo más conocido. Construido entre 1942 y 1947 — en plena Segunda Guerra Mundial, con mano de obra que incluía prisioneros de guerra japoneses —, es un edificio neoclásico estalinista con interiores que mezclan la ornamentación soviética con motivos decorativos uzbekos. Cada uno de sus seis vestíbulos está dedicado a una región de Uzbekistán, con murales y yesería que combinan las dos tradiciones estéticas de forma única.

El Palacio de la Amistad de los Pueblos, con su fachada de hormigón y vidrio y su planta circular, es brutalismo soviético en estado puro. El edificio del Senado, la torre de televisión, los bloques residenciales del distrito de Chilanzar: todo forma parte de un paisaje urbano coherente, diseñado para impresionar a una escala que el urbanismo occidental de la misma época rara vez intentó.

Es un patrimonio incómodo. Para muchos uzbekos, esos edificios representan décadas de imposición cultural, de una identidad impuesta desde Moscú. Pero también son, objetivamente, arquitectura de enorme ambición y, en sus mejores ejemplos, de una belleza austera que merece atención.

El Tashkent nuevo: entre la ambición y la amnesia

En los últimos años, Tashkent ha entrado en una fase de transformación acelerada. El presidente Mirziyóyev, que llegó al poder en 2016 tras la muerte de Karimov, ha impulsado una apertura económica que se traduce, entre otras cosas, en un boom inmobiliario.

Tashkent City es el símbolo más visible. Un complejo de rascacielos de cristal y acero en el centro de la ciudad, donde antes había un barrio residencial soviético. Torres de oficinas, centros comerciales, hoteles internacionales. El skyline de Tashkent ha cambiado más en cinco años que en las tres décadas anteriores.

La transformación tiene luces y sombras. Por un lado, la ciudad es más abierta, más dinámica, más conectada con el mundo. Han surgido cafeterías de especialidad, restaurantes de cocina coreana — herencia de la diáspora coreana deportada por Stalin a Asia Central en los años treinta — y una escena gastronómica que hace diez años era impensable. La influencia coreana en Tashkent es, de hecho, uno de sus rasgos más distintivos: hay barrios enteros donde los letreros están en coreano, donde se come kuksi (fideos fríos coreano-uzbekos) y donde las panaderías venden pasteles con una estética que podría ser de Seúl.

Por otro lado, la modernización avanza a menudo sin mucho respeto por lo que había antes. Barrios enteros son demolidos para hacer sitio a desarrollos nuevos. Edificios soviéticos de interés arquitectónico desaparecen sin documentación ni debate. La amnesia urbana — ya practicada con la ciudad islámica en 1966 — se repite ahora con la ciudad soviética.

Una ciudad de capas

La gracia de Tashkent es que no te da lo que esperas. No es bonita en el sentido convencional. No tiene la postal perfecta de Samarcanda ni el encanto inmediato de Bujará. Lo que tiene es algo más raro: capas de historia superpuestas, visibles si prestas atención. El fragmento islámico que sobrevivió al terremoto. El gesto soviético que sobrevivió a la independencia. El impulso modernizador que está borrando lo soviético.

Pasear por Tashkent es recorrer esas capas. Salir del metro en la estación de Kosmonavtlar, con sus cosmonautas de cerámica, y caminar hasta Chorsu, donde una señora te vende samsa por treinta céntimos. Cruzar desde la plaza Amir Timur, con su estatua ecuestre y su jardín geométrico, hasta el barrio coreano de Mirzo Ulugbek, donde un restaurante sin letrero en español sirve el mejor bibimbap de Asia Central. Visitar Hazrati Imam por la mañana, cuando la luz entra oblicua en el patio y no hay casi nadie, y luego tomar el tranvía hasta Tashkent City para ver los rascacielos que están cambiando el perfil de la ciudad.

Ninguna de esas experiencias, por separado, justifica un viaje. Pero juntas componen algo que pocas ciudades ofrecen: la sensación de estar viendo, en tiempo real, cómo un lugar negocia con su pasado para construir su futuro. Tashkent no es una ciudad museo. Es una ciudad viva, contradictoria, en permanente transformación. Y eso, si estás dispuesto a mirarlo con atención, es mucho más interesante que cualquier monumento.

Dedícale al menos dos días completos. Uno no basta para entender lo que tienes delante.


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