Los bazares de Uzbekistán: guía de los mercados que importan
Los grandes bazares uzbekos no son souvenirs para turistas: son el sistema nervioso económico de las ciudades, con especias, seda, cerámica y vida cotidiana.
A las nueve de la mañana en el bazar Chorsu de Tashkent hay mujeres que llevan aquí desde las seis. Las especias ya están dispuestas en montículos perfectos —comino, cúrcuma, semillas de granada seca, mezclas de hierbas para shurpa— y las primeras transacciones del día se han completado hace horas. El Chorsu no está esperando al turista. El Chorsu funciona con o sin turistas, como ha funcionado durante siglos, siguiendo una lógica económica que nada tiene que ver con el mercadillo pintoresco que algunos viajeros esperan encontrar.
Esa es la diferencia esencial entre los bazares uzbekos y los zocos que el turismo ha transformado en otros países: en Uzbekistán, los mercados siguen siendo principalmente para uso local. Lo que el viajero ve no es una representación del pasado sino el sistema nervioso real de las ciudades.
El Chorsu de Tashkent: el mercado bajo la cúpula azul
La cúpula de acero y ladrillo que domina el bazar Chorsu se construyó en los años setenta, pero el mercado que cubre lleva funcionando en este mismo emplazamiento —en el corazón del barrio antiguo de Tashkent, Eski Shahar— desde hace siglos. El exterior de la cúpula, de un azul pálido que contrasta con el cemento soviético de los alrededores, es uno de los puntos más fotografiados de la capital. El interior es más interesante.
La sección de especias en la planta baja es la mejor razón para visitar el Chorsu. Los vendedores conocen sus productos con la precisión de farmacéuticos: saben qué mezcla de especias va con qué tipo de carne, cuánto comino necesita un kazan de cuarenta litros de plov, cuál es la diferencia entre el zira uzbeko y el indio. Comprar aquí no requiere regateo agresivo; los precios son bajos de base, y un kilo de comino de calidad —algo que en Europa costaría veinte euros— sale por el equivalente a dos.
La planta superior tiene carne, pan, lácteos y una zona de comida caliente donde a mediodía se puede comer plov por menos de un euro. Subir las escaleras y observar el bazar desde arriba, con la luz que entra por los lucernarios de la cúpula sobre el movimiento de abajo, vale la pena por sí solo.
El Siab de Samarcanda: junto a Bibi-Khanym
El bazar Siab corre a lo largo del muro exterior de la mezquita Bibi-Khanym, y esa proximidad no es casual: los grandes mercados de la Ruta de la Seda siempre se instalaron junto a los edificios religiosos, que garantizaban afluencia de gente y cierta protección. El Siab tiene hoy una extensión de varios cientos de puestos que desborda el mercado cubierto principal hacia la calle.
Lo mejor del Siab es lo que tiene de efímero: la fruta de temporada, los melones en verano, las granadas en otoño. Los melones del Fergana y de la región de Samarcanda tienen una reputación en Asia Central que está totalmente justificada —más dulces y perfumados que cualquier variedad europea— y en agosto y septiembre el mercado tiene variedades que no existen fuera de Uzbekistán. Los vendedores ofrecen trozos para probar sin obligación de compra, una costumbre que no ha desaparecido pese a la presión turística.
El Siab es también el lugar correcto para el desayuno uzbeko: las mesas junto al mercado tienen plov listo desde las siete de la mañana, shurpa caliente y samsa recién sacadas del tándir. Sentarse aquí antes de visitar los monumentos, con el sol levantándose sobre el minarete de la mezquita, es uno de esos momentos que Samarcanda regala sin que estén en ninguna guía oficial.
Los mercados cubiertos de Bujará: toqi del siglo XVI
Bujará tiene algo que Samarcanda y Tashkent no tienen: mercados cubiertos con cúpula propios del siglo XVI, los toqi, que se construyeron en los cruces de caminos del casco histórico para proteger el comercio de las inclemencias del tiempo. El Toqi Zargaron —mercado de joyeros— es el más grande y mejor conservado, con una cúpula de ladrillo octogonal que filtra la luz del exterior en un ambiente íntimo donde hoy se venden sobre todo seda y artesanía.
Los otros dos toqi —el Sarrafon (cambistas) y el Telpak Furushon (sombreros)— son más pequeños pero igual de auténticos en su arquitectura. Lo que se vende dentro ha cambiado, claro: ya no hay cambistas bajo el Sarrafon, sino tiendas de cerámica. Pero la estructura, la escala, la forma en que la cúpula concentra el sonido y la luz, sigue siendo la misma que en tiempos de los kanes bujareses.
Qué merece la pena comprar
Las especias en cualquier bazar uzbeko son extraordinariamente baratas y de una calidad difícil de encontrar en Europa. El comino uzbeko (zira) tiene un perfume más intenso que las variedades comerciales europeas. Las mezclas de hierbas secas para sopas, los pétalos de rosa para té, el azafrán (más barato que en España o Irán) son compras que ocupan poco espacio y aguantan bien el viaje.
La cerámica de Rishtan —azul y turquesa, con motivos geométricos— es el souvenir auténtico de Uzbekistán. Los precios en los bazares son menores que en las tiendas turísticas, aunque los artesanos de los talleres de Rishtan venden directamente a mejores precios todavía. Los suzani —bordados de seda sobre algodón, con motivos florales en colores vivos— son la artesanía textil más representativa, y los mejores son piezas únicas hechas a mano que se notan en el tacto.
Lo que no merece la pena: la mayor parte de los souvenirs genéricos —imanes de nevera, figuras de cerámica con aspecto industrial, telas estampadas en serie— son fabricados en China y no tienen ninguna relación con la artesanía uzbeka. El precio siempre delata: una pieza artesanal auténtica nunca es extraordinariamente barata.
Cómo moverse en los bazares
La cuestión del regateo en Uzbekistán es menos dramática de lo que algunos viajeros esperan. Los precios tienen margen, especialmente en artesanía, y ofrecer el setenta o el ochenta por ciento del precio inicial es razonable. Pero el regateo agresivo, llevar la negociación al límite, no es bien visto y no corresponde a la cultura del lugar. Los uzbekos negocian con dignidad: si el precio no les conviene, simplemente se van.
Fotografiar en los bazares requiere tacto. En general, los vendedores aceptan que se fotografíen sus puestos —las especias, el pan, los melones— con más facilidad que sus propias personas. Pedir permiso con un gesto antes de sacar la cámara es siempre la forma correcta. La respuesta afirmativa es frecuente, especialmente si se ha establecido algún tipo de contacto previo, aunque sea breve.
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