Snæfellsnes: la península que Jules Verne inmortalizó
En 'Viaje al centro de la Tierra', el profesor Lidenbrock entra al volcán Snæfellsjökull. El volcán existe, el glaciar también, y la península que los rodea es probablemente el mejor día de Islandia fuera de la Ring Road.
Jules Verne nunca pisó Islandia. Escribió Viaje al centro de la Tierra en 1864 desde su estudio en Amiens, a partir de relatos de geógrafos, naturalistas y exploradores que habían cartografiado el Atlántico Norte. Sin embargo, la elección de Snæfellsjökull como puerta de entrada al mundo interior no fue arbitraria: entre todos los volcanes de Islandia, este es el que tiene una presencia más deliberada, más geométrica, como si la tierra hubiera querido construir algo reconocible desde el mar. Es un cono casi perfecto de 1.446 metros, cubierto de un glaciar que centellea incluso en días cubiertos. Desde la costa de la península se ve en el horizonte antes de que uno sepa qué está mirando.
La península de los contrastes
Snæfellsnes se extiende 90 kilómetros hacia el océano Atlántico desde el oeste de Islandia, como un dedo apuntando hacia Groenlandia. Tiene la proporción justa de todo lo que Islandia promete y rara vez concentra en un solo día: campos de lava negra donde el musgo ha tardado siglos en instalarse, playas de arena negra que absorben la luz en lugar de reflejarla, acantilados de basalto donde los frailecillos anidan de mayo a agosto en cantidades que resultan casi cómicas. La carretera que rodea la punta de la península, la 574, es una de las mejores rutas de conducción del país: tarda unas cuatro horas sin paradas, y con paradas podría ocupar un día entero.
El pueblo de Arnarstapi, en la costa sur de la punta, tiene una de las estructuras geológicas más particulares que produce la lava islandesa cuando el océano la erosiona durante siglos: arcos de basalto en el mar, columnas hexagonales, tubos de lava abiertos al cielo. No hay mucho que hacer en Arnarstapi más allá de caminar por la costa y mirar, que es exactamente suficiente. Unos kilómetros al oeste está Djúpalónssandur, una playa de cantos rodados negros donde cuatro piedras de diferentes pesos sirvieron durante siglos para evaluar si un pescador era suficientemente fuerte para trabajar en los barcos. Las piedras siguen allí, con sus nombres en islandés, y los restos oxidados de un barco inglés naufragado en 1948.
Las iglesias de turba y lo que explican
Antes de que la madera llegara en cantidad a Islandia, la construcción era de turba: bloques de tierra comprimida y hierba que aislaban bien del frío pero que exigen mantenimiento constante. Las iglesias de turba de Snæfellsnes, como la de Buðir o la más antigua de Ingjaldshóll, representan el tipo de arquitectura más honesta que ha producido el país: sin pretensiones, integrada en el paisaje hasta el punto de desaparecer en él. Buðir, en particular, tiene un contexto que amplifica su efecto: una iglesia negra de madera pintada sobre un campo de lava, con el océano al fondo y el volcán al este. Es uno de esos lugares que resultan difíciles de fotografiar sin que la fotografía resulte mentirosa por exceso.
Subir al volcán
El Parque Nacional de Snæfellsjökull, creado en 2001, es el único parque nacional de Islandia que incluye costa. Protege tanto el glaciar como los ecosistemas de lava, las playas y los acantilados. El glaciar Snæfellsjökull ha retrocedido significativamente desde el siglo pasado: en 2012, el glaciólogo Oddur Sigurðsson predijo su desaparición completa antes de 2150 si la tendencia continúa. Lo que había sido una constante geográfica durante milenios podría ser historia en pocas generaciones.
Subir al glaciar es posible con guía: varios operadores en Arnarstapi y Grundarfjörður ofrecen excursiones de cuatro a seis horas que incluyen crampones y piolet, con precios alrededor de los ochenta euros por persona. La subida llega hasta la cima (1.446 metros), donde el cráter del volcán está cubierto de hielo y las vistas en días claros abarcan hasta las Westfjords al norte y la costa sur hasta Reikiavik al este. Los días sin visibilidad, que son frecuentes, también tienen su valor: el interior del glaciar con niebla produce una luz difusa y blanca que no se parece a ninguna otra cosa.
Para quien no quiera o no pueda subir, la vista del volcán desde abajo ya justifica el desplazamiento. Hay un punto en la carretera 574, cerca de Ólafsvík, donde el cono aparece completo sobre el mar en días despejados con una claridad que parece casi artificial, como si alguien hubiera colocado un decorado demasiado perfecto.
Cómo llegar y cuánto tiempo dedicar
Desde Reikiavik, la punta de Snæfellsnes está a unas tres horas de coche por la carretera 1 y luego la 54. Se puede hacer como excursión de un día largo desde la capital, saliendo temprano y volviendo por la noche, o con una noche en la península para tener más margen. Los alojamientos en Grundarfjörður, Stykkishólmur o cerca del Parque Nacional son limitados, especialmente en julio y agosto: reservar con al menos un mes de antelación en temporada alta.
La temporada óptima para los frailecillos es de mayo a mediados de agosto, cuando los acantilados de Lóndrangar y la zona de Arnarstapi están habitados por colonias de miles de individuos. Para el glaciar, cualquier mes entre junio y septiembre funciona en términos de acceso, aunque las condiciones de visibilidad son siempre impredecibles. Snæfellsnes no promete ni garantiza nada: da lo que tiene en el momento en que uno aparece, que es más que suficiente.
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