Reikiavik en 2 días: qué ver y qué entender
Itinerario para dos días en Reikiavik: la ciudad más pequeña que se siente como capital, entre cultura, naturaleza y una identidad única.
Reikiavik tiene ciento cuarenta mil habitantes. Es, con diferencia, la capital más pequeña de Europa occidental. Y sin embargo, cuando llevas unas horas caminando por ella, no sientes que le falte nada. Tiene museos serios, una escena musical desproporcionada, restaurantes que podrían estar en Copenhague, cafeterías donde la gente lee durante horas, y una relación con el paisaje que ninguna otra capital europea puede replicar: a veinte minutos del centro hay montañas, y desde el puerto se ven glaciares en días claros.
La ciudad fue fundada —según la tradición— por Ingólfur Arnarson en el año 874, cuando el colono nórdico lanzó los pilares tallados de su trono al mar y juró establecerse donde la corriente los llevara. Los pilares llegaron a una bahía donde el vapor subía de la tierra, y Arnarson la llamó Reykjavík: la bahía humeante. Es un origen que dice mucho sobre la mentalidad islandesa: una decisión trascendental delegada al azar, y después una terquedad absoluta para hacerla funcionar.
Durante siglos, Reikiavik fue poco más que una granja con pretensiones. La ciudad moderna nació con la independencia de Dinamarca en 1944 y con la presencia militar estadounidense durante la Guerra Fría, que trajo infraestructura, dólares y rock and roll. Hoy es una capital cultural que produce más música, más literatura y más diseño per cápita que cualquier ciudad de su tamaño. Y eso no es marketing: es un dato verificable.
Día 1: El centro, la historia y el puerto
Hallgrímskirkja y la vista que lo explica todo
Empieza por arriba. Hallgrímskirkja es la iglesia luterana que domina el horizonte de Reikiavik desde cualquier ángulo, con su torre de hormigón de setenta y cinco metros que imita las columnas de basalto de la naturaleza islandesa. El arquitecto Guðjón Samúelsson la diseñó en 1937, pero no se terminó hasta 1986 —casi medio siglo de construcción para una iglesia en un país donde la mitad de la población duda de la existencia de Dios—. Eso dice algo sobre la relación de los islandeses con sus proyectos: los empiezan y los terminan, aunque tarde generaciones.
Sube al mirador de la torre. La entrada cuesta 1.000 ISK y vale cada corona. Desde arriba se ve toda Reikiavik: los tejados de colores del centro, la bahía, el monte Esja al norte, y la extensión del Atlántico hacia el oeste. Lo que queda claro inmediatamente es que la ciudad es pequeña. Puedes ver dónde termina. Eso es raro en una capital y define la experiencia de estar aquí: todo es caminable, todo está cerca, todo tiene escala humana.
Frente a la iglesia está la estatua de Leif Erikson, regalo de Estados Unidos en 1930 por el milenario del Althing. Erikson, hijo de Erik el Rojo, llegó a Norteamérica quinientos años antes que Colón. Los islandeses no hacen mucho ruido con este dato, pero tampoco lo olvidan.
Laugavegur: la calle que es el centro
Baja desde Hallgrímskirkja por Skólavörðustígur —la calle de las tiendas de diseño y galerías— hasta Laugavegur, la arteria principal del centro. El nombre significa “camino del lavado”: era la ruta que las mujeres seguían para llevar la ropa a lavar en las fuentes termales. Hoy es la calle comercial más importante de la ciudad, pero mantiene algo de su escala original: no hay cadenas internacionales dominantes, sino tiendas pequeñas, cafeterías independientes y bares que por la noche se transforman en locales de música en vivo.
Tómate un café en Reykjavík Roasters o en Mokka Kaffi —el café más antiguo de la ciudad, abierto desde 1958, donde los islandeses descubrieron el espresso—. La cultura del café en Reikiavik es seria: no es Starbucks, es gente sentada durante horas con un libro y una taza de filtrado. En un país donde el invierno dura meses y la oscuridad es absoluta, el café caliente en un lugar iluminado tiene un significado que va más allá de la cafeína.
El Museo Nacional: la historia en una sala
El Museo Nacional de Islandia (Þjóðminjasafn) está a diez minutos caminando desde Laugavegur. Es un museo pequeño pero extraordinariamente bien montado. La exposición permanente recorre mil años de historia islandesa desde el asentamiento vikingo hasta la independencia, con objetos que cuentan historias concretas: la puerta tallada de la iglesia de Valþjófsstaður, del siglo XIII, con escenas de caballeros que mezclan tradiciones nórdicas y europeas. Las herramientas de los primeros colonos. Los manuscritos medievales. Y la sección sobre los siglos de dominio danés, que explica por qué la independencia de 1944 no fue un acto político abstracto sino la culminación de un movimiento cultural que llevaba un siglo construyendo la idea de lo islandés.
Dedica al menos hora y media. Es el tipo de museo que hace que todo lo que veas después tenga más sentido.
El puerto viejo y Harpa
Camina hacia el puerto. El Old Harbor (Grandi) fue durante décadas el corazón económico de Reikiavik: aquí se descargaba el bacalao, el arenque, la ballena. Hoy los almacenes de pescado son restaurantes, cervecerías y museos, pero el olor a mar y la actividad de los barcos mantienen la conexión con lo que fue.
Harpa, la sala de conciertos, está en el borde del puerto viejo. Es un edificio de Henning Larsen y Ólafur Elíasson: una estructura de vidrio con fachada de paneles hexagonales que cambian de color con la luz. Dentro es sede de la Orquesta Sinfónica de Islandia y de la Ópera. Fuera es el edificio más fotografiado de la ciudad. Vale la pena entrar aunque no haya espectáculo: el vestíbulo es un espacio público abierto con vistas al puerto y al monte Esja.
Para cenar, quédate en la zona del puerto viejo. Grillið es el restaurante de referencia si el presupuesto lo permite. Para algo más razonable, Messinn sirve pescado del día en sartenes de hierro —sencillo y excelente—. Y el Fish Market (Fiskmarkaðurinn) ofrece una fusión islandesa-japonesa que suena rara pero funciona.
Día 2: La otra Reikiavik
Perlan: la cúpula sobre la colina
Perlan es un edificio peculiar: una cúpula de cristal construida sobre los tanques de agua caliente que abastecen la calefacción geotermal de la ciudad. Dentro hay un museo de ciencias naturales con una cueva de hielo artificial, un planetario y exposiciones sobre volcanes y glaciares. Es más interesante de lo que sugiere su apariencia de centro comercial: la exposición sobre las fuerzas geológicas de Islandia es una buena preparación para el resto del viaje. Y la plataforma de observación, gratuita, ofrece una panorámica de 360 grados de Reikiavik, la bahía y las montañas.
Sundhöllin: nadar como un islandés
Si haces una sola cosa local en Reikiavik, que sea ir a una piscina termal. No a Blue Lagoon —eso es un parque temático geotermal para turistas, a cuarenta minutos de la ciudad y con precio de parque temático—. Ve a Sundhöllin, la piscina pública más antigua de Reikiavik, renovada en 2017, en pleno centro. O a Vesturbæjarlaug, en el barrio oeste, donde los islandeses van después del trabajo.
La cultura de la piscina termal en Islandia no es un atractivo turístico: es el tejido social del país. Los islandeses van a la piscina como los españoles van al bar: a encontrarse, a hablar, a estar. Los hot pots —las bañeras de agua caliente a distintas temperaturas— son el verdadero espacio público islandés. Las reglas son sencillas: dúchate sin bañador antes de entrar (los islandeses son estrictos con esto y tienen razón), elige tu temperatura, y quédate el tiempo que quieras.
La entrada cuesta 1.150 ISK. Es la mejor inversión en Reikiavik.
El barrio de Grandi y los museos del puerto
Dedica la mañana al barrio de Grandi, la extensión oeste del puerto viejo que se ha convertido en la zona más interesante de Reikiavik. Aquí está la Marshall House, un antiguo almacén de arenque reconvertido en centro de arte contemporáneo: el taller del artista Ólafur Elíasson está en la planta baja, y las galerías superiores tienen exposiciones rotativas de arte islandés e internacional.
Whales of Iceland es el museo de ballenas más grande de Europa: veintitrés modelos a tamaño real de las especies que habitan las aguas islandesas, suspendidos del techo en una nave oscura. Es impresionante por escala —estar debajo de un modelo de ballena azul de veinticinco metros recalibra la percepción del tamaño— y por información: la relación de Islandia con las ballenas es compleja, entre la tradición ballenera, la moratoria internacional y la industria de avistamiento que ha reemplazado parcialmente a la caza.
Para almorzar, Grandi Mathöll es un food hall en un antiguo almacén del puerto: puestos de comida diversa, desde fish and chips hasta ramen, a precios razonables para Reikiavik (1.500-3.000 ISK por plato).
La tarde: Tjörnin y la casa del poder
Camina hacia el sur del centro, donde el lago Tjörnin refleja los edificios gubernamentales y la catedral. Es el Reikiavik más tranquilo: patos y cisnes en el agua, familias en los bancos, y la vista del ayuntamiento modernista asomándose sobre el lago. Aquí está también la Alþingishús, la sede del parlamento islandés —un edificio discreto de basalto oscuro que parece más una casa señorial que un parlamento—. Islandia gobernó desde un campo abierto durante siglos; que su parlamento moderno sea un edificio modesto es coherente.
Si te queda energía, el Museo de la Saga (Saga Museum) cerca de Perlan ofrece figuras de cera que representan episodios clave de la historia islandesa. Es kitsch, pero el contenido narrativo es bueno, y si no has leído las sagas, es una introducción decente a los personajes y eventos que definen la cultura del país.
La noche: música y runtur
Reikiavik tiene más músicos per cápita que cualquier ciudad del mundo. Eso no es una metáfora: es un país de trescientas mil personas que ha producido a Björk, Sigur Rós, Of Monsters and Men, Kaleo, y decenas de bandas que llenan salas en Europa. Los viernes y sábados, los bares del centro —Kex Hostel, Kaffibarinn, Húrra, Gaukurinn— tienen música en vivo. La tradición del runtur (la ronda nocturna) consiste en ir de bar en bar hasta que la noche termine. Los islandeses salen tarde —las once, medianoche— y la noche puede alargarse hasta las cuatro o cinco de la madrugada.
La cerveza fue ilegal en Islandia hasta 1989. No es una broma: la prohibición de cerveza duró setenta y cuatro años, hasta que se levantó el 1 de marzo, fecha que ahora se celebra como el Día de la Cerveza. Hoy hay decenas de microcervecerías. Skúli Craft Bar tiene la mejor selección de cervezas islandesas.
Lo que Reikiavik no es
Reikiavik no es una ciudad de monumentos. No es una ciudad de barrios con siglos de historia acumulada como Roma o Estambul. No tiene metro, no tiene rascacielos, no tiene grandes bulevares. Lo que tiene es algo más raro: una identidad completamente propia que no imita a ninguna otra capital europea. Es una ciudad donde la naturaleza es visible desde cualquier esquina, donde la cultura se produce en proporción absurda al tamaño de la población, y donde la vida social gira alrededor del agua caliente y el café.
Dos días no son suficientes para conocerla, pero son suficientes para entenderla. Y entender Reikiavik es entender Islandia: un lugar pequeño, aislado, improbable, que ha decidido hacer las cosas a su manera y lo ha conseguido.
Notas prácticas
Moverse. Todo el centro es caminable. Para Perlan y Grandi, caminar también funciona (veinte minutos desde Laugavegur). Hay autobuses urbanos (Strætó) pero para dos días no los necesitas.
Dinero. Tarjeta para todo. Literalmente todo. Hay establecimientos que no aceptan efectivo. La corona islandesa fluctúa: consulta el tipo de cambio antes de viajar.
Clima. Imprevisible todo el año. Puede hacer sol, llover, nevar y volver a hacer sol en la misma mañana. Capas y cortavientos impermeable. El viento es el factor más constante.
Comida. Desayunos abundantes en los alojamientos. Almuerzo en food halls o panaderías (Sandholt es la mejor panadería del centro). Cena: reserva en los restaurantes populares, especialmente viernes y sábados.
Alojamiento. Quédate en el centro o a diez minutos caminando. Los hoteles son caros (30.000-60.000 ISK/noche). Los hostales y guesthouses son la opción inteligente (8.000-15.000 ISK). Airbnb es legal y abundante.
Cuándo. Junio-agosto para luz perpetua y terrazas. Septiembre-octubre y febrero-marzo para auroras boreales. Diciembre-enero para la experiencia del invierno profundo, pero con apenas cuatro horas de luz.
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