Petrovac y la Riviera del Sur: el Montenegro sin multitudes
A 17 kilómetros de Budva existe un Montenegro diferente: menos turistas, una cala bordeada de pinos, una torre veneciana y la playa de Buljarica justo detrás.
Budva y Petrovac están separadas por diecisiete kilómetros de carretera costera, lo que en tiempo son unos veinte minutos en coche. Pero la diferencia entre las dos no se mide en kilómetros sino en el tipo de Montenegro que representan. Budva es el éxito del turismo de masas en el Adriático: clubs nocturnos, hoteles de varios pisos, playas con sombrillas apiñadas a precio de temporada. Petrovac es lo que la costa montenegrina era antes de que el turismo la reinventara: una cala de trescientos metros protegida por pinos, con un pueblo de proporciones humanas y sin apenas nada que solicite la atención más allá de la calidad del agua y la calidad de la calma.
La diferencia no es accidental. Petrovac no tiene el puerto, no tiene el aeropuerto cercano, no tiene la historia de ciudad amurallada que convierte a Budva en un destino con narrativa propia. Lo que tiene es una playa bien orientada, protegida de los vientos del norte, con una profundidad que hace que el agua se caliente antes que en otras zonas y una claridad que en días sin viento permite ver el fondo a varios metros de distancia.
La cala, la torre y la isla
La playa de Petrovac tiene una geometría que ha resistido el desarrollo: es un arco de arena de unos trescientos metros, ceñido por pinos mediterráneos en los extremos y con la torre veneciana en el espigón oriental. Esa torre —construida en el siglo XVI como punto de vigilancia para detectar los ataques de los piratas y las flotas otomanas que operaban en esta zona del Adriático— es hoy el objeto histórico más reconocible de la localidad. No se puede visitar el interior, pero la silueta desde la playa, a contraluz al atardecer, tiene una calidad visual que los fotógrafos locales conocen bien.
Frente a la playa, a unos cuatrocientos metros de la orilla, está la isla de Katič, con una pequeña capilla en su cima. La isla es accesible a nado en condiciones normales o en kayak —hay alquiler en la playa por unos diez euros la hora— y ofrece una vista panorámica de la cala y del pueblo que desde tierra no se puede tener. En agosto, cuando la playa de Petrovac está en su momento de mayor afluencia, la isla tiene la cualidad de un destino dentro del destino: alejarse de la orilla doscientos metros y mirar hacia tierra es ver la escena desde fuera.
Buljarica: la playa que nadie ha tocado
A dos kilómetros al sur de Petrovac por una carretera que sube y baja por la ladera costera está Buljarica. Son mil quinientos metros de playa de arena oscura sin ningún complejo hotelero en primera línea, con un bosque de pinos que llega hasta el borde mismo de la arena y cierra el paisaje por detrás. Las aguas son tan someras en la parte norte que en bajamar se puede caminar cien metros mar adentro con el agua por la cintura.
Buljarica es la playa que Petrovac tiene de reserva: cuando la cala principal se llena —algo que ocurre en el pico de agosto, aunque con mucha menos intensidad que en Budva— los viajeros que conocen la zona bajan a Buljarica. Hay un chiringuito y alquiler de sombrillas en la parte norte. El resto es playa libre.
La razón por la que Buljarica no ha sido desarrollada a la manera de otras playas montenegrinas tiene que ver con la propiedad del suelo y con los debates políticos sobre la zonificación costera que Montenegro lleva años sin resolver. Hay proyectos sobre el papel —siempre los hay— pero por el momento la playa permanece en el estado que tiene, lo cual es una rareza en la costa adriática.
El pueblo a escala humana
Petrovac el pueblo tiene el patrón de los destinos costeros montenegrinos de tamaño medio: una calle principal con restaurantes y cafés, un mercado pequeño abierto por las mañanas, una iglesia, algunos bares abiertos hasta la madrugada en temporada pero sin el volumen sonoro de los clubes de Budva. La oferta de alojamiento es mayoritariamente de apartamentos y pensiones familiares —no hoteles de cadena— lo que marca el perfil del visitante: familias, parejas, viajeros que prefieren la cocina propia al buffet.
Los restaurantes de Petrovac son de los mejores de la costa en relación calidad-precio. Los locales más sencillos —sin terraza con vistas al mar, sin carta en cinco idiomas— sirven pescado fresco del día con calidad similar a los más caros de Budva a la mitad del precio. La trucha de las montañas cercanas, los mejillones de la bahía y el skorup (nata local) con pan de maíz son los pedidos que más repiten los que conocen la zona.
El autobús entre Budva y Petrovac sale cada hora aproximadamente en temporada y tarda unos veinte minutos. Para quien no alquila coche pero quiere el contraste, es la excursión más efectiva de la costa montenegrina.
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