Afrasiab y el origen de Samarcanda
Antes del Registán, antes de Tamerlán, existió otra Samarcanda. El tell arqueológico de Afrasiab guarda 2.500 años de historia y los mejores frescos sogdianos del mundo.
En 1220, el ejército de Gengis Khan llegó a las puertas de Samarcanda y encontró una de las ciudades más grandes y ricas del mundo islámico. La tomó en días. Lo que no tomó, porque no le interesaba, fue su historia: la Samarcanda que destruyeron los mongoles llevaba habitada desde el siglo VII antes de Cristo, había sido capital del Imperio aqueménida, había visto pasar a Alejandro Magno, había florecido como corazón de Sogdiana durante más de mil años. Gengis Khan la borró del mapa y siguió adelante.
Tamerlán, cuando eligió Samarcanda como capital de su propio imperio un siglo y medio después, no reconstruyó sobre las ruinas de la ciudad antigua. Construyó su capital algo más al sur, en un terreno limpio. El tell de la vieja ciudad —Afrasiab— quedó como un campo de montículos y tierra compactada, acumulando siglos de olvido encima de sus ruinas.
Lo que guarda el tell
Un tell arqueológico es, técnicamente, la acumulación de restos de una ciudad que ha sido construida, destruida, reconstruida y vuelta a destruir tantas veces que el suelo original ha quedado enterrado bajo metros de residuos arqueológicos. Afrasiab es exactamente eso: una meseta de unas doscientas hectáreas, al noreste de la Samarcanda moderna, que esconde entre seis y ocho metros de estratos históricos que van desde el siglo VII a.C. hasta el s.XIII d.C.
Lo que la arqueología ha ido sacando de Afrasiab a lo largo de un siglo de excavaciones es una historia de la Sogdiana que los textos escritos apenas mencionan. Se han encontrado monedas griegas y partas, cerámica china de la época de la dinastía Tang, objetos de marfil de procedencia india, vidrio romano, papiros en sogdiano. Afrasiab era exactamente lo que su posición geográfica sugería: un nodo donde confluían los hilos del comercio euroasiático.
Pero el hallazgo más extraordinario de Afrasiab no son los objetos sino las pinturas.
Los frescos del palacio sogdiano
En 1965, durante unas excavaciones de urgencia previas a una obra de construcción, los arqueólogos soviéticos descubrieron los muros decorados de lo que fue la sala de recepción de un palacio sogdiano del siglo VII d.C. Las pinturas que cubrían las cuatro paredes de la sala estaban en un estado de conservación que nadie esperaba: los colores —rojos, azules, dorados, ocres— seguían vivos después de mil trescientos años.
Lo que muestran estas pinturas es una escena diplomática de una complejidad iconográfica extraordinaria. En el muro norte: una procesión de embajadores llegando ante el rey de Samarcanda, trayendo regalos que incluyen gansos, ciervos y dos figuras en traje chino que llevan seda. En el muro oeste: una escena de navegación con barcos en un río, posiblemente el Amu Darya, con remeros y pasajeros ataviados con ropa de procedencias diversas. En el muro sur: una escena de caza o procesión sobre elefantes y camellos.
Los frescos de Afrasiab son la ventana más directa que existe al mundo de la Sogdiana antes de la conquista árabe y la islamización del siglo VIII. Muestran una sociedad multicultural, cosmopolita, en contacto permanente con China, India, el mundo iranio y el mediterráneo, con una cultura visual propia de una sofisticación que sorprende a cualquiera que llega esperando encontrar simplemente “una ciudad de la Ruta de la Seda”.
El Museo de Afrasiab
El pequeño museo construido junto al yacimiento guarda los frescos originales —o lo que se pudo recuperar de ellos— en condiciones controladas. Entrar cuesta alrededor de cuatro dólares y la visita puede hacerse sin guía, aunque un guía local añade una capa de contexto que los paneles del museo, en ruso y uzbeko, no ofrecen al visitante de habla hispana.
El museo también expone la maqueta de reconstrucción hipotética de la ciudad sogdiana, que ayuda a entender la escala del asentamiento original: una ciudad con barrios diferenciados, un sistema de canales de irrigación, un cinturón de murallas de varios kilómetros, calles trazadas con regularidad. No era una ciudad pequeña. Era, en el siglo VII, una de las principales urbes de Asia.
La importancia de los sogdianos
El pueblo sogdiano —iranio de lengua, centroasiático de geografía— fue durante más de mil años el gran intermediario comercial y cultural de la Ruta de la Seda. Los mercaderes sogdianos no solo transportaban mercancías entre China y Persia: transportaban ideas, tecnologías, religiones y lenguas. El sogdiano fue durante siglos la lingua franca del comercio asiático, la lengua que usaban los mercaderes de orígenes distintos para entenderse.
Las colonias de mercaderes sogdianos llegaron hasta China (hay comunidades sogdianas documentadas en Chang’an, la capital Tang), hasta la estepa euroasiática y hasta el Mediterráneo oriental. Los frescos de Afrasiab muestran exactamente eso: un rey sogdiano rodeado de embajadores de todas las potencias del mundo conocido, recibiendo tributos y estableciendo relaciones. No es propaganda de una ciudad menor: es la representación de una realidad geopolítica en la que Samarcanda era genuinamente central.
Visitar Afrasiab —el tell vacío, el museo con los frescos, el contorno de las murallas que aún se distingue en el paisaje— antes de ver el Registán timúrida cambia la perspectiva de Samarcanda. El Registán es espectacular, pero es la última capa de una historia que empezó dos mil años antes. Entender eso hace que cada azulejo del siglo XV sea más interesante, no menos.
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