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Nurata y el desierto de Kyzylkum: el Uzbekistán fuera del circuito

Entre Samarcanda y Bujará, en el corazón del desierto de Kyzylkum, existe una red de campos de yurtas y un oasis con peces sagrados que los viajeros suelen saltarse.

Por Far Guides ⏱ 5 min 10 de julio de 2026
Nurata y el desierto de Kyzylkum: el Uzbekistán fuera del circuito

Hay una pregunta que todos los viajeros de Uzbekistán terminan haciéndose: ¿qué hay entre Samarcanda y Bujará? La respuesta oficial —el tren de alta velocidad tarda menos de una hora, no hay nada que ver— no es del todo cierta. A mitad de camino, hacia el norte, en el borde del desierto de Kyzylkum, existe una pequeña ciudad llamada Nurata que tiene tres capas de historia superpuestas, un oasis con peces considerados sagrados por los locales, y acceso a una de las experiencias más singulares que Uzbekistán puede ofrecer: una noche en el desierto en un campo de yurtas tradicionales.

Casi ningún viajero va a Nurata. Eso es, paradójicamente, su principal atractivo.

La fortaleza de Alejandro y el oasis de Nur

La colina que domina Nurata tiene en su cima los restos de lo que la tradición local llama la fortaleza de Alejandro Magno. La datación arqueológica —siglo IV a.C.— coincide con el paso de Alejandro por la región en el 329 a.C., cuando sus ejércitos cruzaron el río Jaxartes (el actual Syr Darya) en su campaña hacia Asia Central. Queda poco: un montículo de tierra y ladrillos de barro, algunos muros degradados, la silueta inconfundible de una posición estratégica elegida por alguien que sabía dónde colocar una fortaleza. Pero la vista sobre el oasis y el desierto desde ahí arriba tiene una claridad que explica por qué ese punto fue importante durante siglos.

Al pie de la colina, el complejo de la Fuente de Nur es algo completamente distinto. Una serie de estanques de agua cristalina —alimentados por un manantial que la tradición atribuye al califa Hazrat Ali, yerno del profeta Mahoma— está habitada por truchas y carpas que los locales consideran sagradas y no comen. La mezquita adyacente, con su pozo atribuido a Hazrat Ali, es lugar de peregrinación activa; en días de festividad religiosa, los creyentes llegan de toda la región. El contraste entre el verde del oasis y el desierto que empieza literalmente metros más allá de los estanques tiene algo de aparición milagrosa que justifica la leyenda.

El desierto de Kyzylkum

El Kyzylkum —“arena roja” en uzbeko— es el quinto desierto más grande de Asia, con más de trescientas mil kilómetros cuadrados que se extienden por el territorio uzbeko, kazajo y turcmeno. No es el desierto de dunas doradas que el imaginario europeo asocia al Sahara: el Kyzylkum es en su mayor parte un paisaje de saxaul (árboles de desierto de aspecto retorcido y resistencia extrema), arena compactada y piedra, con elevaciones suaves que se suceden en el horizonte. Las dunas existen pero son una minoría dentro del conjunto.

Lo que el Kyzylkum tiene, y que los desiertos europeos no pueden ofrecer, es el cielo. A ciento cincuenta kilómetros de la ciudad más cercana, sin contaminación lumínica de ningún tipo, el cielo nocturno del Kyzylkum es una demostración de lo que la Vía Láctea parece cuando no hay nada que la tape. Los pastores nómadas que todavía traversan el desierto con sus rebaños llevan siglos orientándose por esas estrellas. El viajero que las ve por primera vez entiende por qué.

Los campos de yurtas

Entre Nurata y Bujará, a lo largo de unos ciento setenta kilómetros de desierto, varios operadores han instalado campos de yurtas que ofrecen alojamiento en auténticas tiendas de fieltro tradicionales. Los precios —entre cuarenta y sesenta dólares por persona, incluyendo cena y desayuno— son razonables para lo que ofrecen: una experiencia de desierto genuina sin el exceso de infraestructura turística que en otros destinos convierte el campamento en un hotel glorificado.

Las yurtas uzbekas son diferentes de sus equivalentes mongolas: más bajas, con las paredes pintadas en colores vivos, con el suelo cubierto de alfombras y el fogón central como elemento organizador del espacio. Comer dentro de una yurta por la noche, con el viento del desierto haciendo presión sobre el fieltro exterior, tiene una cualidad de abrigo primitivo que la habitación de hotel más cómoda no puede replicar.

Las caminatas en camello que ofrecen los campos son opcionales y no son el punto principal de la experiencia: los camellos bactrianos de dos jorobas del Kyzylkum son animales lentos y algo ruidosos que ofrecen una perspectiva interesante del paisaje pero no son el vehículo del desierto que el imaginario romántico sugiere. El punto real son las horas antes y después de cenar: el silencio del desierto al atardecer, el frío que llega con rapidez cuando el sol desaparece, y luego el cielo de la noche con sus estrellas.

Cómo incorporarlo al itinerario

Nurata no está en ninguna línea de tren. La forma más cómoda de llegar es en taxi compartido desde Samarcanda —unas dos horas y media hacia el norte— o con conductor privado, que permite parar en el oasis y luego continuar hacia el campo de yurtas el mismo día. Algunos operadores de Bujará organizan excursiones de un día o de noche al Kyzylkum saliendo desde la ciudad, aunque la distancia (unos ciento setenta kilómetros) hace que las salidas de un día sean apresuradas.

Lo más lógico, si el tiempo lo permite, es hacer la transición Samarcanda-Bujará en dos etapas: una noche en Nurata o en el campo de yurtas del Kyzylkum, y continuar a Bujará al día siguiente por la mañana. El desvío añade un día al itinerario pero cambia completamente el ritmo del viaje: después de la intensidad monumental de Samarcanda, el silencio del desierto funciona como una pausa que hace que Bujará llegue con otra calidad de atención.

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