Historia de Rumanía
De los dacios a Ceaușescu, pasando por Roma, los otomanos y los Habsburgo: por qué Rumanía se parece a Rumanía.
La historia de Rumanía no es la de una nación antigua: es la de una nación que se inventó a sí misma en el XIX sobre los restos de tres proyectos políticos distintos, y que convirtió su propia fragmentación en identidad. Entenderla exige aceptar primero que "Rumanía" es un nombre tardío, y que lo que hoy aparece como un solo país fue durante dos mil años una frontera entre civilizaciones que no tenían intención de encontrarse.
Dacia: el primer imperio al norte del Danubio
Antes de Roma, la actual Rumanía estaba habitada por los dacios, un pueblo tracio que bajo el rey Decébalo (87-106 d.C.) construyó un reino lo bastante organizado y poderoso como para inquietar seriamente al Imperio Romano. Dos guerras hicieron falta — la segunda, narrada en relieve en la Columna de Trajano de Roma — para derrotar a los dacios y convertir su territorio en la provincia romana de Dacia Trajana en el año 106.
Fue una de las últimas conquistas del Imperio y una de las más breves: apenas 165 años después, en 271, el emperador Aureliano abandonó la provincia por indefendible. Pero ese paréntesis romano fue suficiente para transformar el país lingüísticamente. Los colonos latinizaron lo bastante como para que, cuando los godos, hunos, ávaros, búlgaros y eslavos pasaran por encima en las centurias siguientes, la lengua latina sobreviviera — rural, hablada por pastores, pero viva.
Esa latinidad residual es, en sí misma, un caso único en Europa Oriental. Todos los pueblos vecinos acabaron hablando eslavo, griego o magiar. Los rumanos conservaron una lengua románica durante mil años sin prestigio, sin Estado, sin Iglesia latina. Cuando en el XIX los intelectuales nacionalistas empiezan a construir el relato de Rumanía, es sobre esa herencia doble — dacia y romana — sobre la que se apoyan. De ahí el nombre mismo: român, romano.
La Edad Media: tres principados y tres enemigos
En el XIV, cuando la niebla de las invasiones empieza a despejarse, en el mapa aparecen tres entidades políticas distintas que marcarán la historia de Rumanía durante los 500 años siguientes:
Valaquia
desde 1330El principado del sur, con capital en Curtea de Argeș y después en Târgoviște. Abierto a la llanura del Danubio, en contacto directo con los Balcanes otomanos. Sus voivodas oscilaron entre vasallaje a Hungría, a Polonia o al sultán, según las circunstancias. Aquí gobernó Vlad III Țepeș (1448, 1456-1462, 1476), el Empalador, cuya política de terror contra los otomanos fue real y efectiva, y cuyo mito — el Drácula de Stoker — es victoriano e irlandés.
Moldavia
desde 1346El principado del noreste, con capitales sucesivas en Siret, Suceava y Iași. Más orientado hacia Polonia y Kiev que hacia los Balcanes. Su figura cenital es Esteban el Grande (1457-1504), que venció a los otomanos en Vaslui (1475) — la batalla por la que el papa lo llamó "atleta de Cristo" — y que dejó como legado los primeros monasterios fortificados de Bucovina. Treinta y tres de sus cuarenta y seis batallas las ganó.
Transilvania
siglo XII – 1918Región sobre el altiplano encerrado por los Cárpatos, bajo soberanía húngara desde el siglo XII y poblada mediante colonización planificada. Los reyes húngaros trajeron sajones (alemanes del Sajonía-Luxemburgo-Mosela) para defender las fronteras, y székelys (húngaros fronterizos). Los rumanos — mayoría demográfica — quedaron fuera del sistema de "naciones" medievales transilvanas. Esa exclusión será el combustible del nacionalismo rumano en el XIX.
Durante cuatrocientos años, estos tres principados viven separados y con destinos distintos. Valaquia y Moldavia pagan tributo al sultán pero conservan autonomía interna (son, técnicamente, vasallos, no provincias). Transilvania es primero parte del reino de Hungría, después del Imperio Habsburgo tras 1699. Cada uno desarrolla su propia arquitectura, su propia vida política, sus propias élites. Eso es lo que explica que hoy Brașov se parezca a Núremberg, Iași a Kiev y Bucarest a ninguna de las dos.
Miguel el Valiente: la unión de cuarenta y dos días
En 1600, un voivoda valaco llamado Miguel (Mihai Viteazul) consigue por primera — y durante siglos última — vez unificar bajo un mismo mando los tres principados. Entra en Alba Iulia, capital de Transilvania, con el apoyo oportunista de sus rivales habituales, y por cuarenta y dos días es gobernante de Valaquia, Moldavia y Transilvania. Una coalición polaco-húngara lo asesina en 1601.
La historia real es más complicada que el relato nacionalista: Miguel no pretendía “unir a los rumanos”, pretendía construir un dominio personal aprovechando la debilidad otomana y el caos habsburgo. Pero el relato romántico decimonónico lo convirtió en el primer unificador, y la ciudad de Alba Iulia — donde entró en 1600 — se convertirá por ese motivo en el escenario elegido en 1918 para proclamar la Gran Rumanía.
Los otomanos: cuatrocientos años de frontera
Valaquia y Moldavia pasan cuatro siglos en la órbita otomana, pero — a diferencia de los Balcanes al sur del Danubio — nunca son conquistadas de verdad. Conservan sus voivodas, su Iglesia ortodoxa, sus leyes, su lengua. Pagan tributo (el haraç) y, desde el XVIII, aceptan la imposición de gobernantes griegos fanariotas (originarios del barrio estambulí de Fanar) que Constantinopla vende al mejor postor.
Ese régimen fanariota (1711-1821) es, para los rumanos, uno de los períodos más negros de su historia: corrupción sistemática, impuestos devastadores, ocaso cultural. Pero también es un período de modernización forzada, en el que las cortes de Bucarest y Iași se llenan de bibliotecas, escuelas griegas y contactos con el Mediterráneo. Cuando la revolución griega de 1821 sacude al imperio, Valaquia y Moldavia reclaman — y obtienen — el retorno de voivodas rumanos.
La construcción de Rumanía (1859-1918)
Durante el XIX, lo que antes eran tres países distintos empieza a pensarse como una sola nación. Los intelectuales de la Escuela Transilvana — curas greco-católicos formados en Roma — redescubren la latinidad. La revolución de 1848 estalla simultáneamente en los tres principados. La guerra de Crimea (1853-56) debilita la tutela rusa.
El 24 de enero de 1859, los dos principados danubianos — Valaquia y Moldavia — eligen al mismo candidato, Alexandru Ioan Cuza, como príncipe. Es una unión personal legalmente cuestionable pero políticamente irreversible. En 1866 lo sustituyen por un príncipe alemán de la casa Hohenzollern-Sigmaringen (Carol I), buscando estabilidad dinástica y respaldo europeo. En 1877 Rumanía proclama su independencia del Imperio Otomano tras la guerra ruso-turca. En 1881 se convierte en reino.
Transilvania — todavía bajo los Habsburgo — queda fuera. La Primera Guerra Mundial cambia eso. Rumanía entra del lado aliado en 1916, pierde terreno frente a Alemania, pero gana todo en la paz: el Imperio Austrohúngaro se desintegra y, el 1 de diciembre de 1918, una asamblea de 1.228 delegados proclama en Alba Iulia la unión de Transilvania con el Reino de Rumanía.
Ese momento — la Marea Unire, la Gran Unión — sigue siendo la fecha nacional rumana. La Catedral de la Coronación de Alba Iulia se construye para conmemorar esa unificación y coronar en 1922 a los reyes Fernando y María como soberanos de la Gran Rumanía.
El entreguerras y la Segunda Guerra Mundial
La Rumanía de entreguerras es, sobre el papel, un país europeo moderno: parlamento, universidades, una escena cultural brillante (Brâncuși, Enescu, Ionesco, Eliade, Cioran). Pero es también un país con profundas tensiones étnicas — un tercio de la población es minoría — y con una derecha radical creciente: la Guardia de Hierro, movimiento fascista-ortodoxo específicamente rumano, que combina antisemitismo con misticismo religioso.
En 1940 Rumanía pierde territorios a manos de la Unión Soviética (Besarabia y el norte de Bucovina), Hungría (norte de Transilvania) y Bulgaria (sur de Dobruja). El rey Carol II abdica. El general Ion Antonescu toma el poder y alinea al país con la Alemania nazi. Rumanía combate en el frente oriental, recupera Besarabia y participa en el Holocausto: aproximadamente 280.000 judíos rumanos son asesinados, la mitad en campos administrados por el propio régimen rumano en Transnistria.
En agosto de 1944, con el Ejército Rojo en la frontera, el rey Miguel I da un golpe de Estado, arresta a Antonescu y cambia de bando. Rumanía termina la guerra del lado aliado, pero bajo ocupación soviética.
El comunismo y Ceaușescu (1947-1989)
En 1947 los comunistas obligan a abdicar al rey Miguel. Comienzan cuatro décadas de régimen de partido único. La primera fase — bajo Gheorghe Gheorghiu-Dej — es de sovietización brutal: nacionalizaciones, colectivización forzosa, gulag rumano (Sighet, Gherla, Aiud) donde muere la élite política y religiosa pre-comunista.
En 1965 asciende Nicolae Ceaușescu. Al principio parece una apertura: Rumanía condena la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968, mantiene relaciones con China y Occidente, visita Nixon y De Gaulle la visitan. Pero a partir de los años 70 el régimen deriva hacia un culto de la personalidad de intensidad norcoreana. Se impone la obligación demográfica (prohibición del aborto, cinco hijos por mujer como meta), se endeuda el país para pagar infraestructuras megalómanas, se demuele el casco histórico de Bucarest para levantar la “Casa del Pueblo”.
La Securitate y el miedo
La policía política rumana — Departamento de Seguridad del Estado, popularmente Securitate — llegó a tener un agente o informante por cada 43 ciudadanos (aproximadamente 500.000 colaboradores sobre una población de 22 millones). Su archivo, abierto parcialmente tras 1989, ocupa 27 km de estanterías. La vigilancia era total: cartas leídas, teléfonos pinchados, micrófonos en hoteles, denuncias entre vecinos incentivadas institucionalmente. Lo que distinguía al régimen de Ceaușescu de otros socialismos reales no era sólo la intensidad del control, era la atmósfera: una sociedad que aprendió a desconfiar hasta del silencio de la propia casa. Esa desconfianza institucional heredada es todavía rastreable en la política rumana contemporánea.
La caída llega de forma abrupta y sangrienta. En diciembre de 1989, una protesta en Timișoara por la deportación del pastor húngaro László Tőkés se convierte en insurrección. El ejército cambia de bando. El 22 de diciembre la multitud invade el Comité Central en Bucarest. El 25, tras un juicio sumario de dos horas, Nicolae y Elena Ceaușescu son fusilados contra un muro de Târgoviște. Es la única revolución anticomunista del bloque que acabó con el dictador ejecutado.
La Rumanía contemporánea
La transición fue larga y caótica. Los 90 fueron una década perdida: hiperinflación, colapso industrial, el “minerazo” de 1990 en que mineros fueron usados como milicia contra manifestantes. Los 2000 trajeron la recuperación y la integración: OTAN en 2004, UE en 2007, Schengen (aéreo y marítimo) en 2024.
El país del 2026 es radicalmente distinto del de 1989, pero sigue cargando sus contradicciones. Cluj es ya el cuarto hub tecnológico de Europa Central. Bucarest tiene una escena gastronómica comparable a la de Budapest o Belgrado. Al mismo tiempo, el campo — que sigue empleando al 20% de la población activa — arrastra problemas estructurales: infraestructura deficiente, éxodo rural, envejecimiento.
Lo que el viajero encuentra es un país que ha viajado más en 35 años que otros en siglo y medio, y que sin embargo guarda — en Maramureș, en Bucovina, en los pueblos sajones de Transilvania — retazos del mundo pre-industrial europeo en funcionamiento real. Rumanía es, en ese sentido, el país de Europa donde más capas de historia conviven simultáneamente sobre el mismo territorio. Por eso, probablemente, es también el más difícil de resumir.