aralnukuscatástrofeecologíauzbekistan

El mar de Aral: la mayor catástrofe ambiental del siglo XX

En 1960 era el cuarto lago más grande del mundo. Hoy ha perdido el 90% de su agua por la política de irrigación soviética. El viaje al Aral es uno de los más perturbadores que puede hacerse.

Por Far Guides ⏱ 5 min 24 de julio de 2026
El mar de Aral: la mayor catástrofe ambiental del siglo XX

En el puerto de Moynaq, en el extremo sur de lo que fue el mar de Aral, hay una hilera de barcos de pesca oxidados alineados sobre arena seca. Los cascos están perforados por el óxido, las hélices inmóviles en el polvo. El agua que los flotaba está ahora a ciento cincuenta kilómetros al norte. Tardó cuarenta años en retroceder hasta ese punto, a un ritmo de tres o cuatro kilómetros por año, tan lentamente que la gente de Moynaq tardó en entender qué estaba pasando.

Esa imagen —los barcos varados en el desierto— es la más reproducida de toda Asia Central, y con razón: no hay otra manera de condensar en un solo fotograma lo que ocurrió aquí. El cuarto lago más grande del mundo desapareció en cuatro décadas, y el motivo fue una decisión política tomada en Moscú en los años cincuenta.

La decisión que destruyó un mar

En los años cincuenta, los planificadores soviéticos decidieron que el algodón era el futuro económico de Asia Central. El problema era el agua: las llanuras del Uzbekistán y el Kazajistán son, en su mayor parte, desierto. La solución fue desviar los dos ríos que alimentaban el mar de Aral —el Amu Darya en el sur y el Syr Darya en el norte— hacia un sistema de canales de irrigación que convirtió millones de hectáreas de desierto en campos de algodón.

El sistema funcionó. Uzbekistán se convirtió en uno de los grandes productores mundiales de algodón, y la URSS pasó a ser autosuficiente en este cultivo. El precio fue el Aral: sin el aporte de sus dos ríos alimentadores, el lago empezó a encogerse. En 1960 tenía 68.000 kilómetros cuadrados y 68 metros de profundidad. Para los años ochenta había perdido la mitad de su superficie. Para los noventa, prácticamente se había partido en dos: el Mar del Norte (en el lado kazajo) y el Mar del Sur (en el uzbeko). Para el año 2000, el Mar del Sur había desaparecido casi por completo.

El lecho del lago y sus consecuencias

Lo que quedó cuando el agua retrocedió fue el Aral kum: el nuevo desierto del Aral, formado por el lecho seco del lago. Y ese lecho no era arena limpia: era una mezcla de sal, pesticidas, herbicidas y metales pesados acumulados durante décadas por el uso intensivo de la agricultura industrial. Las tormentas de polvo que levantan esta mezcla —frecuentes en la región— se desplazan cientos de kilómetros y depositan esa carga tóxica sobre los cultivos, el agua y los pulmones de las personas que viven en la región.

Las consecuencias sanitarias en Karakalpakstán —la región autónoma uzbeka que bordeaba el antiguo lago— son de las más graves del mundo: tasas de cáncer esofágico, de vejiga y de riñón entre las más altas del planeta, anemia generalizada, enfermedades respiratorias crónicas, mortalidad infantil elevada. Los médicos locales llevan décadas documentando estas cifras. La relación causal con el desastre del Aral es tan clara que es uno de los casos más citados en los estudios de salud ambiental.

El Mar del Norte y la recuperación parcial

En el lado kazajo de la frontera, hay una historia paralela más esperanzadora. El gobierno kazajo, con apoyo financiero del Banco Mundial, construyó una presa (la Dike Kokaral) en 2005 que separa el fragmento norteño del lago del resto. El resultado fue inmediato: el nivel del Mar del Norte subió varios metros en pocos años, la salinidad bajó, los peces regresaron y el puerto de Aralsk —que había quedado a kilómetros del agua— recuperó un frente costero.

El Mar del Sur uzbeko no tiene solución a la vista. Los ríos que lo alimentaban están desviados hacia la agricultura y no hay ningún plan realista de devolverlos al lago.

Nukus y el Museo Savitsky

Quien viaje hasta el Aral pasa inevitablemente por Nukus, la capital de Karakalpakstán. La ciudad en sí no tiene particular atractivo, pero guarda uno de los museos más extraordinarios del mundo: el Museo de Arte Karakalpakstan Igor Savitsky.

Savitsky fue un artista y coleccionista ruso que llegó a Nukus en los años cincuenta para estudiar la arqueología de la región y se quedó el resto de su vida. Durante las décadas siguientes, recorrió los estudios de los artistas de la vanguardia soviética que habían sido silenciados o perseguidos por el estalinismo —el realismo socialista no toleraba el expresionismo, el constructivismo ni la abstracción— y los convenció de que le cedieran sus obras. Las guardó en Nukus, en el culo del mundo soviético, donde ningún inspector de Moscú las fue a buscar.

El resultado es una colección de más de noventa mil piezas —pinturas, esculturas, arte popular, arqueología— que es la segunda colección más importante de vanguardia soviética del mundo, después del Museo Ruso de San Petersburgo. Savitsky salvó el arte que el sistema intentó destruir escondiéndolo en el lugar más remoto que pudo encontrar.

El Aral, el lecho seco y los barcos oxidados de Moynaq son la consecuencia de lo que ocurre cuando un sistema centralizado decide que sabe mejor que la naturaleza cómo debe organizarse el mundo. El Museo Savitsky es la consecuencia de lo que ocurre cuando un individuo decide que las ideas valen la pena de salvar. Los dos extremos de esa tensión, a pocas horas de distancia el uno del otro en el extremo noroeste de Uzbekistán, hacen que la visita a esta región sea uno de los viajes más densos —intelectual y emocionalmente— que Asia puede ofrecer.

La guía completa de Uzbekistán de Far Guides incluye rutas detalladas por la Ruta de la Seda, mapas interactivos y toda la información práctica para organizar tu viaje por libre.

¿Quieres la guía completa?

Todos los detalles, mapas interactivos y recomendaciones actualizadas.

Conseguir la guía de Uzbekistán — 19,99€