La costa sur de Islandia: glaciares, playas negras y cascadas
La costa sur concentra los paisajes más dramáticos de Islandia. De Seljalandsfoss a Jökulsárlón, una ruta que explica por qué esta isla no se parece a nada.
La costa sur de Islandia es un lugar donde la geología no ha terminado su trabajo. Los glaciares siguen tallando los valles, los volcanes siguen enterrando los pastos en ceniza, las playas de arena negra siguen creciendo con cada inundación glacial, y las cascadas siguen cayendo desde acantilados que el hielo cortó hace diez mil años. En ningún otro lugar de Europa el paisaje se siente tan activo, tan presente, tan dispuesto a recordarte que la tierra no es una superficie estable sino un sistema en movimiento constante.
La ruta que recorre la costa sur sigue la Ring Road (Ruta 1) desde Selfoss hasta Jökulsárlón: trescientos kilómetros de carretera asfaltada que cruzan llanuras de arena volcánica, pasan bajo cascadas, bordean lenguas glaciares y terminan en una laguna donde los icebergs flotan hacia el mar. Es la sección más espectacular de la Ring Road y, por tanto, la más visitada. Pero la densidad de lo que hay para ver es tal que incluso en temporada alta, a poco que te desvíes de los aparcamientos principales, encuentras soledad.
Este texto recorre la costa sur de oeste a este, en el orden en que la encontrarás si vienes de Reikiavik. El recorrido completo necesita dos días mínimo —tres si quieres hacer caminatas en Skaftafell y dedicar tiempo a Jökulsárlón—. Conducirlo en un solo día, como hacen algunos tours, es técnicamente posible pero absurdo: equivale a cruzar un museo corriendo.
Seljalandsfoss: la cascada que se puede rodear
La primera gran cascada de la costa sur aparece a la derecha de la carretera, visible desde kilómetros: un chorro de agua de sesenta metros que cae desde un acantilado cubierto de hierba. Seljalandsfoss es famosa porque se puede caminar por detrás de la cortina de agua, a través de un sendero que rodea el salto por una cueva natural en la roca. La experiencia es exactamente lo que promete: agua cayendo delante de ti, el valle verde detrás visto a través de la cortina, y la certeza de que vas a mojarte completamente.
El sendero puede ser resbaladizo y en invierno se cierra por hielo. En verano, la luz del atardecer atravesando el agua desde el oeste crea un espectáculo que justifica llegar tarde en lugar de temprano.
Pero la parada verdadera está quinientos metros al sur, al final de un sendero breve que pasa entre dos paredes de roca cada vez más estrechas. Gljúfrabúi —la cascada escondida— cae dentro de una cueva semicerrada. Hay que cruzar un arroyo sobre piedras para llegar a la abertura, y dentro el agua cae desde una grieta en el techo hacia una poza rodeada de paredes verticales cubiertas de musgo. Es más pequeña que Seljalandsfoss, pero la sensación de descubrimiento —de que la cascada se ha escondido deliberadamente— la hace memorable. La mayoría de los autobuses turísticos no la incluyen porque el camino no está señalizado de forma obvia.
Skógafoss y el sendero que sube al cielo
Diez kilómetros más al este, Skógafoss es la fuerza bruta donde Seljalandsfoss es la elegancia. Veinticinco metros de ancho, sesenta de caída, un volumen de agua que golpea la base con una violencia que se siente como vibración en el suelo. La niebla generada por el impacto crea un arcoíris permanente —a veces doble— cuando hay sol. Según la leyenda, el colono vikingo Þrasi Þórólfsson escondió un cofre de oro detrás de la cascada. Siglos después, un grupo de lugareños encontró un anillo del cofre, pero el cofre en sí nunca apareció. El anillo se conserva en el museo local de Skógar.
El museo de Skógar, junto a la cascada, merece media hora. Es un museo regional pequeño pero con una colección de objetos cotidianos —herramientas de pesca, aperos de granja, ropas, libros— que cuenta la vida rural islandesa de los últimos siglos mejor que cualquier texto. Las casas de turba reconstruidas detrás del museo muestran cómo vivía la mayoría de los islandeses hasta bien entrado el siglo XX: bajo tierra, prácticamente, en estructuras de piedra y hierba diseñadas para sobrevivir al viento y al frío.
A la derecha de Skógafoss, una escalera de metal sube hasta el borde superior de la cascada. Desde arriba, el río Skógá serpentea hacia el interior entre montañas verdes, y un sendero marcado sigue su curso hacia el paso de Fimmvörðuháls, entre los glaciares Eyjafjallajökull y Mýrdalsjökull. Es una de las mejores caminatas de un día de Islandia (25 km, 8-10 horas), que cruza un paisaje de veinte cascadas sucesivas, campos de nieve y la lava fresca de la erupción de Eyjafjallajökull de 2010. Para hacerla entera se necesita un día completo y buen estado físico, pero subir los primeros dos kilómetros desde la cascada ya ofrece vistas que compensan el esfuerzo.
Kvernufoss: la cascada que nadie visita
A diez minutos caminando detrás del museo de Skógar, siguiendo un sendero que cruza una valla de granja, está Kvernufoss: una cascada de treinta metros que, como Seljalandsfoss, se puede rodear por detrás. La diferencia es que aquí no hay nadie. No hay aparcamiento señalizado, no hay carteles, no hay turistas. Es la misma experiencia que Seljalandsfoss —caminar detrás de una cascada— pero en soledad. La razón por la que tan poca gente la visita es simplemente que no aparece en la guía estándar del Círculo Dorado ampliado. Es una de esas rarezas islandesas donde la masificación y la soledad están separadas por quinientos metros y un cartel que no existe.
Sólheimajökull: tocar un glaciar
Entre Skógafoss y Vík, un desvío de cuatro kilómetros lleva hasta Sólheimajökull, una lengua glaciar del Mýrdalsjökull que desciende casi hasta la carretera. Es el glaciar más accesible de la costa sur: desde el aparcamiento, un sendero de quince minutos lleva hasta el borde de la laguna donde el hielo se encuentra con el agua de deshielo.
Lo que ves es inquietante. El glaciar está cubierto de ceniza volcánica negra —residuo de erupciones del Katla y del Eyjafjallajökull— que le da un aspecto sucio, industrial, nada parecido a la imagen mental del hielo blanco y azul. Los marcadores junto al sendero indican dónde estaba el borde del glaciar en años anteriores. En 2000, el hielo llegaba hasta donde ahora empieza el aparcamiento. En veinte años ha retrocedido cientos de metros. No es una estadística abstracta: es un paisaje que ha cambiado dentro de la memoria de cualquier adulto.
Se puede contratar una caminata guiada sobre el glaciar con crampones (unas dos horas, 10.000-15.000 ISK). Es la forma más directa de entender qué es un glaciar: no una superficie plana de hielo sino un río congelado lleno de grietas, crestas, pozas de agua azul y formaciones que cambian cada semana.
Reynisfjara: la playa que muerde
La playa de arena negra de Reynisfjara, junto al pueblo de Vík, es el paisaje icónico de la costa sur: arena negra como carbón que cruje bajo los pies, columnas de basalto hexagonales que forman una cueva natural en el acantilado, y los pilares de roca de Reynisdrangar emergiendo del mar como los dedos de un gigante petrificado. Según la leyenda, son trolls que intentaron arrastrar un barco a tierra y quedaron convertidos en piedra por la luz del amanecer. La geología es menos poética pero igual de interesante: son restos de un antiguo acantilado erosionado por el mar.
Reynisfjara es también el lugar más peligroso de la costa sur, y hay que decirlo con claridad. Las olas atlánticas que llegan aquí son llamadas sneaker waves: olas que parecen normales desde lejos pero que llegan mucho más arriba en la playa de lo esperado, con una fuerza capaz de arrastrar a una persona al agua. La corriente de retorno hace el resto. Hay muertes cada año. Las señales de advertencia son explícitas y están en varios idiomas. La regla es sencilla: nunca dar la espalda al mar, nunca acercarse a menos de treinta metros de la línea de agua, y asumir que la siguiente ola será más grande que la anterior.
Con esa precaución clara, Reynisfjara es un lugar extraordinario. Las columnas de basalto de la cueva de Hálsanefshellir tienen una geometría hexagonal perfecta —el resultado del enfriamiento lento de la lava, que se contrae en prismas regulares como el barro seco pero a escala de metros—. Es el mismo fenómeno que la Calzada del Gigante en Irlanda del Norte, pero aquí el contexto es más salvaje: mar abierto, viento constante, y una playa negra que se extiende kilómetros en ambas direcciones.
Vík: vivir bajo un volcán
Vík í Mýrdal es el pueblo más meridional de Islandia, con trescientos habitantes, una iglesia blanca sobre la colina, y la presencia invisible del Katla a pocos kilómetros al norte. El Katla es uno de los volcanes más activos de Islandia: ha erupcionado cada cuarenta a ochenta años durante los últimos mil años. La última erupción mayor fue en 1918. Estamos, según las estadísticas, dentro del periodo de recurrencia.
Lo que haría peligrosa una erupción del Katla no es la lava sino el jökulhlaup: la inundación glacial. El volcán está cubierto por el glaciar Mýrdalsjökull, y una erupción derretiría enormes cantidades de hielo en minutos, generando una riada de agua, hielo y sedimentos que arrasaría la llanura costera. La carretera entre Vík y Skógafoss cruza el sandur —la llanura de arena negra formada por inundaciones anteriores— y las señales de evacuación están visibles en ambos lados de la carretera. Los habitantes de Vík practican simulacros de evacuación regularmente. La iglesia de la colina es el punto de reunión.
Nada de esto convierte a Vík en un lugar inquietante. Al contrario: es un pueblo tranquilo con una lana islandesa excelente en su tienda cooperativa, un restaurante de sopa (Súpa) que es perfecto para el almuerzo, y la vista de los pilares de Reynisdrangar desde la colina de la iglesia que es una de las mejores postales de Islandia.
El sandur: la llanura que dejaron las inundaciones
Entre Vík y Skaftafell, la carretera cruza ciento treinta kilómetros de sandur: llanuras de arena volcánica negra donde no crece nada. Son las llanuras aluviales más grandes de Islandia, formadas por siglos de jökulhlaups —inundaciones glaciales provocadas por erupciones volcánicas bajo el glaciar—. El aspecto es lunar: negro plano hasta el horizonte, con el glaciar al norte y el mar al sur.
La erupción del Laki en 1783 fue una de las mayores catástrofes volcánicas de la era moderna. Durante ocho meses, una fisura de veinticinco kilómetros expulsó lava y gases tóxicos que mataron el veinte por ciento de la población islandesa —principalmente por hambruna, al morir el ganado por los gases de flúor— y alteraron el clima del hemisferio norte durante años. La nube de dióxido de azufre llegó a Europa y contribuyó a las malas cosechas que, según algunos historiadores, alimentaron el descontento que desembocó en la Revolución Francesa. El sandur que cruzas en coche es, en parte, el legado de esa erupción.
Skaftafell y Svartifoss: la cascada de basalto
Skaftafell es el punto de acceso al Parque Nacional de Vatnajökull en la costa sur. Es un oasis verde al pie del glaciar, con bosques de abedules —algo raro en Islandia— y una red de senderos que van desde caminatas de una hora hasta expediciones de varios días.
El sendero más popular lleva a Svartifoss, la cascada negra: un salto de veinte metros enmarcado por columnas de basalto negro que cuelgan del borde del acantilado como los tubos de un órgano. Las columnas se formaron por el enfriamiento lento de una colada de lava, el mismo proceso que en Reynisfjara pero aquí orientado verticalmente. El resultado es una cascada que parece diseñada por un arquitecto brutalista. De hecho, lo fue: Guðjón Samúelsson, el arquitecto de Hallgrímskirkja y el Teatro Nacional de Reikiavik, usó Svartifoss como inspiración directa para ambos edificios.
El sendero a Svartifoss es de 5,5 kilómetros ida y vuelta (hora y media a dos horas), con un desnivel moderado. Desde el mirador de Sjónarnípa, en la parte alta del sendero, la vista del glaciar Skeiðarárjökull y la llanura costera es una de las más amplias de Islandia: hielo, arena negra y mar en una sola panorámica.
Jökulsárlón: el glaciar que se deshace
Jökulsárlón es una laguna glaciar donde los icebergs desprendidos del glaciar Breiðamerkurjökull flotan lentamente hacia el Atlántico. Es un espectáculo de una belleza difícil de procesar: icebergs azules, blancos y negros —los negros por la ceniza volcánica atrapada en el hielo— flotan en agua quieta, girando lentamente, derritiéndose, partiéndose. Las focas nadan entre los bloques de hielo. La luz cambia el color del agua cada hora.
Pero Jökulsárlón no es un paisaje eterno. La laguna no existía hace cien años. En 1935, el glaciar llegaba hasta el mar. Desde entonces, el retroceso ha sido constante: la laguna tiene hoy más de dieciocho kilómetros cuadrados y sigue creciendo. Cada iceberg que ves es hielo formado hace cientos o miles de años que se ha desprendido del glaciar y no volverá. La belleza de Jökulsárlón es, literalmente, la belleza de una pérdida.
Hay excursiones en barco anfibio por la laguna (5.500 ISK, 40 minutos) y en zodiac (10.000 ISK, 1 hora). La zodiac se acerca más a los icebergs y vale la diferencia de precio. Pero la vista desde la orilla —especialmente desde el puente de la carretera sobre el canal que conecta la laguna con el mar— es ya extraordinaria.
Diamond Beach: donde el hielo muere
Al otro lado de la carretera, donde el canal de Jökulsárlón desemboca en el Atlántico, los icebergs más pequeños quedan varados en la arena negra. El nombre Diamond Beach —no es oficial pero se ha universalizado— describe perfectamente lo que ves: fragmentos de hielo transparente y azul sobre arena volcánica negra, pulidos por el agua y la arena hasta parecer joyas talladas. El contraste es absurdo. Parece artificial. No lo es.
La playa cambia cada hora: la marea y el oleaje depositan nuevos fragmentos y se llevan otros. Las primeras horas de la mañana, cuando la luz es baja y los turistas pocos, son el mejor momento. Aquí también aplican las advertencias sobre las olas: mantén distancia del agua.
Notas prácticas para la costa sur
Distancias y tiempos. Selfoss a Seljalandsfoss: 60 km, 45 minutos. Seljalandsfoss a Vík: 75 km, 1 hora. Vík a Skaftafell: 130 km, 1,5 horas. Skaftafell a Jökulsárlón: 60 km, 45 minutos. Total Selfoss-Jökulsárlón: 325 km, 4,5 horas de conducción pura. Con paradas, necesitas dos días mínimo.
Gasolina. Hay gasolineras en Selfoss, Hella, Hvolsvöllur, Vík y Kirkjubæjarklaustur. Entre Vík y Kirkjubæjarklaustur hay 75 km sin servicios. No dejes el depósito bajo.
Comida. Supermercado en Selfoss (Krónan) y Vík (pequeño). Restaurantes en Vík: Súpa (sopa), Smidjan (pizza), Black Beach Restaurant. En Skaftafell hay una cafetería básica. En Jökulsárlón, un café junto al aparcamiento. Lleva comida preparada: los tramos largos entre pueblos no tienen nada.
Alojamiento. Reserva con meses de antelación en verano, especialmente en Vík y cerca de Jökulsárlón. Las opciones son guesthouses, granjas y algún hotel. El camping de Skaftafell es una buena base para explorar la zona oriental. Höfn, a una hora al este de Jökulsárlón, tiene más oferta de alojamiento.
Tiempo. El viento en el sandur puede ser brutal: rachas de arena que reducen la visibilidad y dañan la pintura del coche. El seguro de arena del alquiler no es un lujo. La lluvia horizontal es frecuente en toda la costa sur. Ropa impermeable completa: chaqueta, pantalón, y protección para la cámara.
Seguridad. Reynisfjara: respetar la distancia al agua. Glaciares: no caminar sobre hielo sin guía y crampones. Senderos: las condiciones cambian rápido, lleva mapa descargado y ropa de abrigo aunque haga sol al salir. Las señales de evacuación del Katla no son decorativas: si suena la alarma, sube a terreno elevado inmediatamente.
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