Sukhothai y los primeros reinos
El origen del reino thai y la primera gran civilización del norte
En 1238 dos señores locales expulsaron al gobernador khmer y fundaron Sukhothai. No era solo independencia respecto a los Khmer: era el nacimiento de un modelo —la monarquía budista— que Tailandia ha mantenido durante ocho siglos.
Antes de que existiera algo reconocible como “Tailandia”, el territorio que hoy ocupa el país fue habitado, conquistado y abandonado por una sucesión de civilizaciones que dejaron estratos tan distintos entre sí como lo son las piedras de un palimpsesto geológico. Los Mon, los Khmer y los primeros grupos tai llegados del sur de China construyeron cada uno su propia versión del poder en esta región, y la historia de Sukhothai solo tiene sentido si se entiende lo que había antes.
El sustrato: Mon y Khmer
Los Mon fueron el pueblo que primero creó estructuras políticas estables en el territorio del actual Tailandia, entre los siglos VI y XI de nuestra era. Su civilización, conocida como Dvaravati, floreció en el valle del Chao Phraya y produjo una arquitectura budista que todavía puede rastrearse en los museos de Bangkok y Nakhon Pathom, donde se conserva la estupa más antigua del país. Los Mon no construyeron un imperio unificado sino una constelación de ciudades-estado vinculadas por el comercio, la fe budista y el uso de una lengua común. Fueron también los primeros en introducir el budismo Theravada —la rama que se transmite sin intermediarios, directamente de las enseñanzas del Buda histórico— en una región donde el hinduismo y el budismo Mahayana de influencia india e indonesia llevaban siglos compitiendo.
Sobre los Mon se impusieron los Khmer. El Imperio Jemer, que entre los siglos IX y XV construyó los templos de Angkor en la actual Camboya, extendió su influencia hacia el norte y el oeste hasta cubrir gran parte de lo que hoy son Tailandia y Laos. Los Khmer eran administradores formidables: construyeron una red de carreteras de piedra que conectaba las provincias con Angkor, establecieron hospitales en las encrucijadas de caminos, y dejaron en el territorio tailandés una huella arquitectónica que puede verse todavía en Phimai, en Phanom Rung y en el propio diseño urbanístico de Sukhothai. Pero el Imperio Jemer era también un sistema de tributación exigente que imponía trabajo forzado y lealtades dinásticas complejas a los pueblos que incorporaba. Para los grupos tai que llevaban siglos migrando desde el sur de China hacia las tierras fértiles del sudeste asiático, la dominación khmer era una fricción constante.
1238: la fundación
El año 1238 es una fecha que los libros de historia tailandeses tratan con la solemnidad que en Europa se reserva para el 476 o el 1066. En ese año, dos señores locales —Noen Pa Krang y Pha Muang— expulsaron al gobernador khmer de una ciudad-estado llamada Sukhothai, en el valle del Yom, un afluente del Chao Phraya. Fundaron un reino independiente. Noen Pa Krang tomó el nombre de Si Inthrathit y se convirtió en el primer rey de Sukhothai.
Lo que hacía nuevo este reino no era simplemente la independencia respecto a los Khmer, sino el tipo de legitimidad que buscaba. Si Inthrathit no se presentó como un devaraja —el “dios-rey” del modelo khmer, concebido como encarnación de Shiva o Vishnu— sino como un rey budista, un protector del Dhamma y de la sangha, un gobernante cuya autoridad derivaba de la acumulación de mérito religioso. Este giro conceptual, que puede parecer abstracto, tuvo consecuencias prácticas inmensas: la relación entre el monarca y sus súbditos se articulaba a través del templo, no del palacio; a través de la generosidad, no únicamente de la coerción. Era, en germen, el modelo de monarquía budista que Tailandia ha mantenido, con variaciones, hasta el siglo XXI.
Ramkhamhaeng y la edad de oro
El tercer rey de Sukhothai, Ramkhamhaeng, gobernó entre 1279 y 1298 y es la figura fundacional de la identidad tailandesa de la misma manera en que Carlomagno lo es de la europea: una figura histórica real magnificada por la tradición hasta convertirse en símbolo. Y con razón, porque sus logros fueron notables.
El más duradero es el alfabeto. En 1283, según la tradición recogida en la famosa Inscripción n.º 1 de Ramkhamhaeng —una estela de piedra descubierta en 1833 y hoy en el Museo Nacional de Bangkok— el rey diseñó personalmente el sistema de escritura thai. La afirmación ha sido debatida por historiadores: algunos sugieren que la inscripción fue fabricada o editada en el siglo XIX. Pero independientemente de los detalles de autoría, el alfabeto thai es un sistema original derivado del pali y del sánscrito que ha permanecido sin alteraciones fundamentales durante más de siete siglos, lo cual es un dato cultural de primer orden.
Militarmente, Ramkhamhaeng extendió el territorio de Sukhothai desde las mesetas del Laos actual hasta las montañas de la actual Malasia, y desde la costa del golfo de Bengala hasta el Mekong. Era un reino que controlaba las rutas del comercio de la seda y las especias, y que había establecido relaciones diplomáticas con la China de los Yuan —los mongoles de Kublai Khan— en una maniobra de equilibrio geopolítico que resultó decisiva para la supervivencia del reino.
La Inscripción de Ramkhamhaeng describe un reino donde el rey está físicamente accesible a cualquier súbdito que necesite hablar con él: “Si alguien quiere pleitear sobre tierras o propiedades, el rey lo investiga de verdad.” Es tentador leer esto como propaganda, pero también es la primera articulación de un ideal político tai que reaparece periódicamente en la historia del país: el rey justo, accesible, protector de los pobres contra los poderosos. Un ideal que ha sido invocado tanto por monarquías absolutas como por movimientos democráticos.
El declive y el legado
El reino de Sukhothai duró menos de dos siglos en su forma independiente. El ascenso de Ayutthaya al sur, a partir de 1350, fue gradual al principio y luego definitivo: en 1438 Sukhothai se incorporó formalmente al reino de Ayutthaya como provincia tributaria. Las últimas décadas del reino ya lo habían visto fragmentarse en ciudades-estado rivales, y la sucesión dinástica nunca encontró en Sukhothai la estabilidad que sí logró Ayutthaya.
Pero el legado de Sukhothai no está en su duración sino en lo que inauguró. El estilo artístico que desarrolló —Buddhas de cuerpos alargados y fluidos, con una expresión de serenidad que contrasta con la rigidez frontal del arte khmer— se convirtió en el canon de la escultura budista tailandesa. La arquitectura de los templos de Sukhothai, con sus prangs de influencia khmer transformados en chedis de silueta más ligera, definió una estética que persiste en la arquitectura religiosa tailandesa hasta hoy. Y el modelo político del rey budista, del monarca cuya legitimidad emana del mérito espiritual y de la protección del Dhamma, viajó hacia el sur con la absorción de Sukhothai por Ayutthaya y de ahí a toda la historia posterior del reino.
Lo que queda hoy
El Parque Histórico de Sukhothai, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1991, cubre treinta y cinco kilómetros cuadrados y contiene los restos de 193 monumentos registrados. La forma más honesta de visitarlo es en bicicleta —hay alquiler disponible en la entrada por unos sesenta baht al día— y durante las primeras horas de la mañana, cuando la luz rasante da a las torres de ladrillo una textura que las fotografías no capturan. Hay algo peculiarmente conmovedor en un Wat Mahathat que tiene los pies metidos en el agua de los estanques artificiales que los fundadores del reino construyeron para gestionar las inundaciones estacionales del río Yom: la hydraulic architecture del poder medieval, visible todavía debajo del musgo y de los árboles de higuera que han crecido entre las grietas de los muros en los últimos ochocientos años.
El museo del sitio, a dos kilómetros al norte del parque central, alberga algunas de las mejores piezas de la escultura de Sukhothai, incluidas varias imágenes del Buda caminante —una innovación iconográfica de este periodo que no tiene equivalente en ninguna otra tradición budista asiática. Merecen más tiempo del que la mayoría de los visitantes les dedica.