Iliria, Roma y Bizancio
De los ilirios a Bizancio: dos milenios en los que Albania aprendió a sobrevivir a fronteras.
La historia de Albania no es una sucesión de reinos propios: es una historia de fronteras, de pueblos que pasaron por encima y de una lengua que sobrevivió a todos. Entenderla no es un lujo académico — sin ella, Berat, Gjirokastra o los búnkeres de Hoxha se quedan en curiosidad. Con ella, el país se ordena.
Esta sección abre la historia por su extremo más antiguo: los siglos previos a que exista algo llamado “Albania”. Si alguno de los capítulos te resulta largo, puedes saltarlo y volver después: están pensados para consultarse también sueltos cuando una ciudad concreta te devuelva a ellos.
Los ilirios y lo que no sabemos
Antes que Albania, los ilirios. Era un conjunto de tribus indoeuropeas que ocupaba los Balcanes occidentales desde el siglo II a.C. hasta la romanización. Dejaron fortificaciones, ajuares funerarios magníficos (el Museo Arqueológico de Tirana conserva los mejores) y, probablemente, la raíz del albanés actual — aunque la lingüística no ha podido demostrarlo del todo.
La hipótesis ilirio-albanesa en detalle
El albanés pertenece a una rama propia del indoeuropeo, sin parientes cercanos. Las dos teorías más sólidas sobre su origen son: (1) que descienda directamente del ilirio, hipótesis tradicional y la que asume el nacionalismo albanés desde el XIX; (2) que descienda del tracio o del dacio, lenguas de pueblos más orientales. La evidencia escrita es mínima — el ilirio se conoce casi solo por topónimos y nombres personales — y la prueba definitiva no llegará. Para el viajero basta saber que la lengua es antigua, indígena y singular.
La reina Teuta, que plantó cara a Roma desde Shkodra en el siglo III a.C., sigue siendo símbolo: una mujer al frente de una coalición tribal capaz de poner nerviosa a la República. Perdió, y con su derrota empezó el largo capítulo romano.
Roma y Dyrrachium
Entre el 229 a.C. y el siglo V, lo que hoy es Albania fue parte del mundo romano. Durrës, entonces Dyrrachium, se convirtió en uno de los puertos más importantes del Imperio: era el extremo adriático de la Via Egnatia, la gran calzada que unía Roma con Constantinopla pasando por Macedonia y Tracia. El anfiteatro que hoy asoma entre los bloques de pisos — el mayor de los Balcanes — es la huella más visible de aquel tiempo.
La romanización dejó también el Cristianismo: San Pablo predicó en Iliria, y la cristiandad echó raíces pronto. Cuando el Imperio se divide en el 395, la línea teodosiana parte Albania: el norte quedará bajo Roma, el sur bajo Constantinopla. Esa frontera — que hoy coincide aproximadamente con la diferencia entre católicos del norte y ortodoxos del sur — se trazó hace 1.600 años y sigue ahí.
Bizancio, eslavos, bizantinos otra vez
Los siglos que siguen son turbulentos. Llegan los eslavos en el VII, empujan a parte de la población iliria a las montañas, se asimilan parcialmente. Bizancio recupera, pierde, recupera. Aparecen los búlgaros en el IX, el imperio serbio en el XIV. En ese trasiego, el albanés — esa rama lingüística aislada — sobrevive refugiándose en las zonas montañosas del norte.
Hacia el XII se empieza a mencionar a “los albaneses” como pueblo identificable, con sus propios señores feudales y sus propias costumbres. La región se llama Arbëria y sus habitantes arbëreshë — de ahí vienen los italianismos “Albania” y “albanese” que acabarán imponiéndose.