Los museos de Tashkent: historia soviética, arte islámico y civilizaciones antiguas
La capital uzbeka tiene museos que condensan 2.500 años de historia, desde los tesoros sogdianos de Afrasiab hasta el Museo de la Represión Política soviética. Una guía honesta.
El Museo de la Memoria de Víctimas de la Represión de Tashkent ocupa un edificio que hasta 1991 fue, literalmente, un cuartel de la NKVD —la policía secreta soviética precursora del KGB— donde se torturaba a los prisioneros políticos. La ironía geográfica es parte del mensaje: el museo existe en el mismo espacio donde ocurrió lo que documenta. Los paneles sobre las deportaciones de kazajos, coreanos y tártaros de Crimea a Uzbekistán en los años cuarenta, los archivos de los procesados en los juicios de Tashkent de los años treinta, las cifras de ejecuciones: todo eso se exhibe en un antiguo edificio de represión que el estado uzbeko postsoviético decidió convertir en memorial.
Que un país de herencia soviética tenga ese museo dice algo sobre el proceso de revisión histórica que Uzbekistán ha ido haciendo con distinto ritmo y profundidad desde la independencia. No es el único museo de Tashkent que merece atención, pero sí el más inusual.
El Museo Estatal de Historia de Uzbekistán
El museo más completo de la capital en términos de colección es el Museo Estatal de Historia, con una colección que va desde la Edad del Bronce hasta el siglo XX. Los puntos fuertes son los objetos heleno-bactrianos —monedas, esculturas, joyas del periodo en que el norte de India y Asia Central estaban bajo influencia griega después de Alejandro— y los tesoros sogdianos, incluyendo réplicas de alta calidad de los frescos de Afrasiab cuyas reproducciones permiten ver la iconografía con la nitidez que el museo de Afrasiab, más pequeño y menos iluminado, no siempre consigue.
La sección que más sorprende a los visitantes que no están preparados para ella es la del Islam temprano: las cerámicas de los siglos VIII al XII, cuando Asia Central fue el centro intelectual del mundo islámico, muestran una sofisticación que desmiente el cliché de una región periférica. Los matemáticos Al-Juarismi (de quien deriva la palabra “algoritmo”) y Al-Biruni, el filósofo Ibn Sina (Avicena): todos ellos nacieron en el territorio que hoy es Uzbekistán o trabajaron en las cortes de sus ciudades. El museo tiene objetos de ese período que hacen tangible esa historia intelectual.
El Museo de Arte Aplicado
Instalado en la antigua residencia que el diplomático ruso Alexander Polovtsev hizo construir a principios del siglo XX en estilo pseudo-islámico —con un iwan de madera tallada en el patio central que es uno de los espacios más hermosos de Tashkent—, el Museo de Arte Aplicado tiene una colección de artesanía uzbeka que es la mejor introducción al vocabulario visual del país: suzanis (bordados en seda), cerámica de Rishtan y Gijduvan, instrumentos musicales, metalistería, tejidos.
La particularidad del museo es el edificio en sí: el iwan de madera tallada, las habitaciones interiores con sus nichos y sus azulejos, la escala doméstica de la arquitectura ruso-oriental que Polovtsev encargó a artesanos locales, crean un contexto para los objetos expuestos que ninguna vitrina de museo convencional puede ofrecer. Ver un suzani del siglo XIX en la pared de una sala que tiene el mismo tipo de madera tallada que enmarcaba ese tejido en su casa original es una diferencia considerable respecto a verlo en una caja de cristal.
El complejo de Hazrat Imam
Técnicamente, Hazrat Imam —o Khast Imom— no es un museo sino un complejo religioso activo: la madrasa Barak Khan, la mezquita Friday y varias tumbas de figuras religiosas. Pero en su interior se guarda uno de los objetos más extraordinarios que pueden verse en Uzbekistán: el Corán del califa Uthman, el tercero califa del islam, que según la tradición fue el primer ejemplar estandarizado del texto coránico, escrito en kufic sobre pergamino de piel en el siglo VII, y que lleva manchas que la tradición atribuye a la sangre del propio Uthman, asesinado mientras lo leía.
El manuscrito —o más exactamente, las páginas que se conservan; el original completo se dispersó en el siglo XIV y fragmentos están en varios países— se muestra en una sala especial. La escala del texto, escrito en un árabe kufic monumental sin vocales, tiene una presencia física que los facsímiles y las fotografías no transmiten. Hay algo en ver un libro que tiene mil cuatrocientos años y que ha sido el objeto de peregrinación de creyentes durante todo ese tiempo que cambia la escala de referencia.
Cómo organizar la visita a los museos
Los museos de Tashkent se pueden visitar en un día y medio con comodidad. La recomendación más frecuente es empezar por el Museo de Historia (dos horas, mañana del primer día), continuar al Museo de Arte Aplicado (una hora, por su interés arquitectónico tanto como por la colección), visitar Hazrat Imam al final de la mañana cuando la mezquita está menos activa, y reservar el Museo de la Represión para la tarde, cuando la luz del día que entra por las ventanas crea un contraluz sobre los documentos que tiene algo de apropiado para el tema.
Los precios de entrada son bajos —entre tres y ocho dólares por museo— y varios permiten fotografiar con un pago adicional. Los museos de Tashkent no son, en conjunto, los más espectaculares de Asia Central: eso lo es Samarcanda. Pero son la mejor preparación intelectual para entender lo que se va a ver en el resto del viaje.
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